VIAJE DE SEMANA SANTA


Después de cuatro días intensos en la tierra de los árabes desheredados y apátridas, llegó la hora de la partida. El día había pasado rápido para Sophie y a las 21.00 horas de un Domingo de Pascua la recogería la camioneta que la conduciría a través del desierto  hasta el aeropuerto con destino a Madrid. Mientras esperaba la llegada del vehículo, la noche hizo su entrada, cayendo sobre el poblado como un manto negro plagado de luces. A su lado se encontraba su nueva amiga quien permanecía gravemente callada. Sophie tampoco se atrevía a articular palabra.
Ella era una mujer bella, de sonrisa siempre dispuesta y una alegría innata en la mirada. De cabello oscuro como sus ojos, de esos que cuando miran te desnudan o te taladran. Para Sophie unos ojos hermosos y llenos de magia, que la brindaron amistad desde su llegada. Y  con unos labios espesos y rojos que en esos días se arquearon en dicha continua.
Su última noche era bendecida como todas las anteriores con una alfombra de estrellas, tan grandes y luminosas que parecían otras constelaciones y no las que a diario desde su país Sophie admiraba, minúsculas como puntas de alfiler. Ambas se sentían afortunadas de estar en ese lugar y en ese momento juntas. Pero el tiempo transcurría.
Apenas se veían el rostro ya y decidieron sentarse  a esperar en un pequeño saliente de piedra que imitaba la forma de un escalón. Las bolsas de viaje abandonadas a un lado de la arenosa calle anunciaban lo que estaba a punto de pasar y las dos mujeres  volvieron la vista al frente como queriendo ver la luna brillar solo para ellas. Una luna naranja como la arena que invitaba a desafiar a las circunstancias  hasta que el ingrato sol la eclipsara.
Sophie siempre pecó de atrevida.  Pensaba que en la vida había dos cosas que una siempre habría de hacer: Una, saber ver las oportunidades. Dos, no desaprovecharlas. Y sin faltar a sus convicciones abrigó la mano izquierda de su amiga entre las suyas y la condujo hasta su muslo derecho. Mano encerrada contra manos carceleras.  Manos que escondían entre las piernas otra mano, jugando con ella, apretándola, acariciándola, sujetándola, explorándola. No era la primera vez que Sophie sentía su calor. Ya la noche anterior la mujer de ojos negros y cabello recio  descubría a Sophie la espalda y se disponía a imprimir en ella con tinte natural grafismos de su tierra. A sophie no le importaba sentir la frialdad y humedad del tinte, ella estaba extasiada con esas dos manos extrañas que viajaban desde sus hombros, descendiendo por su espalda en círculos y líneas que se distanciaban y se reencontraban garabateando símbolos que ella no podía ver pero imaginaba. Esas manos que despertaban deseos ocultos, indecibles entre ambas. Primeramente porque no hablaban la misma lengua, y  lo más terrible era confesar esas sensaciones a una mujer que culturalmente no le eran permitidas y eran duramente reprimidas y Sophie desconocía si ella entendería lo que al tocarla sentía.
Ahora sin tabúes y en la noche de su despedida la oscuridad era cómplice de una espontánea aventura. Breve, callada, solo dedos, solo yemas, tan solo manos y mil palabras ahogadas y miradas perdidas en ojos que no se miran. Tan solo caricias de adioses negados a pronunciar y ni una lágrima que rompiera el hechizo de esa noche bendita rodó por sus mejillas.
-Que se retrase el vehículo, que no parta de aquí, que  ella me acompañe nuevamente  a su alfombra, que me embriague de té  y me prepare la cama en la oscuridad de la nada. ¡Dios, que hoy no me vaya!.-
Era el pensamiento de Sophie mientras el deseo por su amiga aumentaba.
Desconocía si el pensamiento de ella era un mismo sentir, un mismo latir. Sophie quería adivinar que sí, puesto que el calor crecía entre ambas y el nerviosismo se apresuraba apareciendo el sudor en las palmas.
Tanta contención se escapaba y antes de cometer ninguna locura estallaron por la boca de su amiga tristes palabras.
-         No quiero que te vayas-  Intentaba decirle con muchas trabas.
-         Yo tampoco quiero marcharme. Sé que aquí no tengo nada, pero he sido tan feliz.- Le contestó mirándola, sin verla.
Y sus manos aún más entrelazadas se apretaron sin temores y con más ganas.
Sophie no podía más. Rogaba que aquella espera de alguna manera o de otra terminara, y que su cabeza parara y que su cuerpo se relajara, puesto que la excitación del momento le hacía presa de un incomprensible deseo. Era bella su amiga. De piel canela, cálida y ojos fieros y certeros. Limpios que hablaban por sí solos y en los que se veía cariño, mucho cariño, aunque esa noche estaban ciegos, empañados, entristecidos.
La hora se acercaba, la partida era inminente. Sophie quiso decir muchas cosas que quedaran en el recuerdo y en la mente de ella. Pero su boca estaba lacrada. Tan sólo sonreía apenada.
Llegó el  inoportuno vehículo que forzó a tragar saliva a ambas. . Antes de que nadie se acercara a acompañarla los músculos de su cara se tensaron, las piernas de Sophie flojearon y su alma se rompió en pedazos.
-         ¡ Ya está aquí ¡ ¿Cómo decirle adios?. No lloraré- Pensaba mientras se incorporaba y  se desataban sus manos de las de su amiga a la par que ella se levantaba.
Se dirigió hacia sus bultos y a sus espaldas la otra mujer le observaba. Sophie no se atrevió a mirarla y antes de ir hacia la camioneta con su carga, volvió sobre sus pasos y pidiendo a Alá que la perdonara se acercó a la mujer bella, le rodeo la cara, como cuando sostienes algo preciado, valioso para que no caiga, la acercó hacia sí y sin preocupación de quien miraba, la besó despacio, con calma, sintiendo el relieve de su boca, llenando sus carnosos labios de humedad y dejando toda su fiebre escapar de una vez, regalando a una bella mujer, madura, casada y de tez morena el mejor tesoro que para ella guardaba, su infinita gratitud y un beso de mujer enamorada.


Maite
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