"El tren del último adiós"

El tren emprendió la marcha. Lentamente se alejaba de la estación. ¡Qué diferente era la vista desde esa perspectiva; subida en el tren, a través de los cristales, todo parecía distinto!.
Caía la tarde, el sol enviaba con gran esfuerzo sus últimos rayos, aferrándose, como si no quisiera dar paso a la noche, teñía de carmín el cielo, e igual que si fuera una enorme lámpa-ra cubierta por un tupido velo rojo, dejaba aquel pueblecito a media luz.
Por el estrecho andén aún quedaban algunas personas; unos lloraban mostrando su tris-teza al ver como partían sus seres queridos, otros por el contrario reían alegres. No obstante, sentimientos adversos luchaban en mi interior; nostalgia e indiferencia, vacío y alegría. No me despedía de nadie, pero dejaba atrás mis recuerdos, en definitiva mi pasado. Y aunque lo que ansiaba era empezar de nuevo, no era fácil. Aún me costaba creer que por fin hubiera reunido valor y fuerzas suficientes, para hacerlo.
Mi corazón se aceleraba al ritmo de la marcha del tren, y mientras una sonrisa de
satisfacción se dibujaba en mi rostro, en la garganta un afligido nudo impedía que tragara, ¡que sensación tan extraña!. Sabía que el camino que recorría era un camino de esperanza y el final del trayecto, el punto de partida hacia una nueva vida.
Intenté controlar mis emociones y para hacerlo me ayudé encendiendo un cigarrillo. Aspiré con fuerza y sentí como entraba el humo contaminante en mi cuerpo. Saciaba así mis más bajos deseos y a la vez sofocaba mi ansiedad. Ya más relajada, coloqué el poco equipaje; unas mudas, unas fotos de mi adorada Mar y un paquete de cigarrillos eran mi única compañía. Me acurruqué en el incómodo asiento y con el vaivén del tren me quedé dormida, el cansancio me venció...  
Soñé con Mar, mi dulce Mar... Y como si hubiera retrocedido en el tiempo... volví a hacer el amor con ella.
En el sueño se acercaba lentamente, con el cabello suelto y un vestido blanco,
a través del que se vislumbraba su armoniosa silueta. Sin prisas se sentaba a mi lado, mientras me miraba fija y sensualmente. Su mirada penetrante, me hacía sentir desnuda. Entonces con cierta languidez levantaba una mano y pasaba las puntas de sus dedos suavemente por mis labios. Un hormigueo me recorrió de arriba abajo, y de algún modo casi mágico, Mar se adueñó de mi cuerpo sin que pudiera evitarlo. Tampoco quería evitarlo. Sólo la esperaba, la deseaba, temblorosa y anhelante.
Su rostro reflejaba que estaba excitada. Yo quieta, ardía en deseo. Seguí esperando sus caricias. De repente metió su pierna entre las mías de un modo brusco. Me agarró por las muñecas fuertemente poniéndomelas en la espalda, dejando mis manos sin movilidad. En ese instante sentí como si mi alma y la suya se unieran, siendo capaces de invadir ambos cuerpos. Ya no era ella la única dueña, sino que alternativamente nuestras almas reinaban mi cuerpo o el suyo. Mar abrió la boca acercándola a mi cuello. Sentí su aliento caliente y se me escapó un gemido. Su lengua humedecía mis labios resecos por mis suspiros. Mi piel se erizaba, y yo, me estremecí.¡Estaba tan excitada!
Instintivamente mis caderas dibujaban círculos, con un movimiento lento pero firme, y mis muslos anidaban su pierna con fuerza. Mirándome a los ojos bajó la cremallera de mi pantalón, depositando el calor de su mano bajo mis bragas. ¡Creí que me caería al suelo! Las piernas me empezaron a temblar. Como pude le despojé de su vestido, dejando sus pechos desnudos. Tenía unos pechos grandes, redondos y duros. Sus pezones erectos corroboraban la pasión que la embargaba. Se los acaricié muy despacio con la punta de los dedos y su cuello se venció, dejando el pecho a mi merced. Me quité el pantalón impaciente. ¡Necesitaba sentirla, sentir su piel contra mi piel!. Ella, temblorosa, dejó caer su vestido descubriendo el resto de su cuerpo. La luz acariciaba su piel dándole un tersura casi perfecta. Con sus brazos me tumbó
delicadamente en el suelo y con sus manos firmes me abrió las piernas. Empezó a besar mi sexo casi sin tocarme. Pasó la lengua suave y lentamente alrededor de mi clítoris, mientras agarraba mis pechos con fuerza. Empecé a gritar. ¡No aguantaba más!. Le agarré del pelo y la apreté contra mi sexo. ¡Estaba a punto de explotar de placer!. Sin bajar la vista, mirándome a los ojos desafiante, metió su lengua con fuerza y sin compasión. Y mientras la sentía dentro de mí tuve un orgasmo. Fue entonces cuando me arrancó la camisa que aún cubría mi cuerpo, y cómo mil canicas que caen, los botones se desparramaron  por el suelo, emitiendo un agradable sonido. La abracé y mi alma esta vez se apoderó de su cuerpo. Rodamos por el suelo consiguiéndome quedar encima. Le besé muy despacio el cuello y lentamente fui bajando hasta su vientre. Besé cada rincón de su cuerpo y buceé por cada rincón de su alma. <<¡Mar cuanto te amo!>> le susurraba jadeante. Por su vientre terso y duro resbalaban unas gotas de sudor que parecían gotas de rocío. Besé cada centímetro de su piel, mientras ella se retorcía de placer.
Su cuerpo, cada vez más tenso precisaba más y más de mis caricias. Bajé hasta su sexo y noté su humedad. Muy despacio le metí un dedo, y de sus labios se escapó un gemido. Mientras con mi lengua recorría su vientre. Las paredes de su vagina se contraían. Su cuerpo se sacudía de un modo espasmódico y cada vez sus gemidos eran más fuertes. Casi gritaba y entonces de pronto, se quedó inmóvil. 
El tren se detuvo bruscamente y desperté. ¿Había sido un sueño? ¡Sólo había sido un sueño!.Temblorosa abrí los ojos y noté como el frío y la humedad calaban mi poca ropa de abrigo. Por unos instantes, creí que abriría los ojos y Mar estaría junto a mí. Pero no, Mar no estaba...
Tardé unos segundos en discernir lo real de lo irreal. Aún dormida y desorientada, estiré rápidamente el brazo para retirar un poco la cortina que cubría la ventanilla y ver dónde estábamos. Pero era de noche, estaba completamente oscuro y solo logré ver mi reflejo en el cristal empañado. Mar no estaba, Mar no volvería jamás.
Aún quedaba un largo trecho por recorrer. La oscuridad lo ratificaba, ya que hasta la mañana siguiente no arribaría a mi destino. Así que me encogí de nuevo, triste, sola y dejé que el sueño volviera a vencerme. Esta vez sentí sus labios en mi cara y oí su dulce voz susurrándome: <<Adiós, siempre te amaré>>. 
Cuando volví a despertar una manta cubría mi cuerpo, alguien debió taparme mientras dormía.
La luz se coló a través de un pequeño agujero en la cortina, anunciándome que ama-necía. ¡Eso significaba que pronto llegaría a Barcelona, el origen de mi nueva vida!. Retiré de nuevo la cortina para ver el exterior y un dolor punzante atravesó mis ojos. Era el sol que de nuevo enviaba sus rayos, pero ahora con gran fuerza, aferrándose, había ganado la batalla a la noche.
Muy despacio fui estirando los brazos, después las piernas que las tenía completamente agarrotadas por la enredosa posición en la que dormí, y conseguí al fin levantarme. Miré a través de los cristales y estábamos entrando en la estación de Sants. Había llegado a mi destino. ¡Ya no había marcha atrás!. Mis pulmones, por la emoción, se contraían y apenas podía respirar. Todo mi cuerpo temblaba. Con ambas manos me retiré el pelo de la cara, respiré hondo y bajé del tren aparentando serenidad...
Sé que aquel sueño fue una puerta. La puerta de la que se valió Mar, para volver del más allá y despedirse de mí.

Mar, siempre te amaré...


Autora: Rocío Martín Villegas
ninfadesal@hotmail.com