¿SOMOS IGUALES?

«Homosexuales y heterosexuales somos básicamente iguales; la única diferencia se queda en las sábanas». El comentario se deslizó en una conversación tan errática que rápidamente transitó por otros rumbos. Produjo algún encogimiento de hombros, una sonrisa breve y una mirada dubitativa, pero no desató polémica. La pregunta quedó en el aire: ¿de verdad somos iguales a los bugas?

I. Quien elaboró esa sentencia tan contundente sobre la igualdad curiosamente parecía lesbiana. Y digo curiosamente porque no creo que esa reflexión se les ocurriera a los bugas o la plantearan para sí. La heterosexualidad es el referente; los gays nos preguntaríamos: «¿Somos iguales a los bugas?», en tanto que ellos formularían el interrogante inverso: «¿Son iguales a nosotros?» . Me cuesta mucho trabajo imaginar que un buga se plantee esta comparación en términos de su propia identidad. En fin, el caso es que parecía lesbiana. Aunque no podría decir con exactitud en qué consiste «parecer lesbiana», hay algunos indicadores más o menos confiables, como bien sabemos las lesbianas, sobre todo si se toman en conjunto. La mujer en cuestión tenía el pelo corto y arreglado con naturalidad (sin broches, peinetas ni listones); en su rostro no había ni una remota señal de maquillaje, aunque lucía una ligera coloración en los labios; las uñas cortas y sin barniz. Además iba vestida con un conjunto -saco y pantalones color gris- y botas. Su sola imagen parecía contradecir lo que decía. Si somos iguales a las bugas, ¿cómo es entonces que podemos distinguirnos, identificarnos unas a otras aun sin decir una palabra y en contextos adversos?. Si somos iguales, ¿qué sentido tiene decir que alguien parece lesbiana o parece buga?. Las diferencias no se agotan en la forma de vestir. Además las modas son engañosas, porque las concepciones de lo que debe ser masculino y lo que debe ser femenino -entre ellas, por supuesto, las que se refieren al arreglo personal- cambian sensiblemente en tiempos y lugares diferentes. Ya lo sabemos. Hace algunos años, un hombre que usara un arete era considerado gay sin ningún atisbo de duda, pero ahora hay muchos bugas que lo hacen. Es sólo un ejemplo. Pero aun con las modas cambiantes, homosexuales y lesbianas nos vestimos de manera diferente que los bugas. Entre otras ventajas, eso nos permite ligar con más facilidad que si pareciéramos todos iguales

II. Esa posibilidad de ligar a partir de las apariencias, reforzada por el lenguaje y las referencias a nuestros sitios de reunión, fue lo que permitió un acercamiento entre Susana y Elizabeth, cuando ambas hacían cursos de posgrado en Europa. No se conocieron en un bar ni en una disco de lesbianas, sino en una universidad. Se identificaron, hablaron de temas de interés común y al cabo de un tiempo se hicieron pareja. Al concluir sus respectivos cursos decidieron instalarse en México, país natal de Susana, donde Elizabeth también podría encontrar trabajo. Vivieron juntas durante algunos años, hasta que Susana murió en un accidente automovilístico. En menos de una semana, su familia había llegado a despojar a Elizabeth de todas las cosas que habían pertenecido a su pareja (cuadros, discos, libros, ropa, etc.) y a solicitarle que desocupara el departamento que la misma Susana había conseguido con un crédito de interés social. La misma situación, si se hubiera tratado de una pareja buga, habría sido totalmente distinta. Aun suponiendo que la familia hubiera mostrado el mismo comportamiento agresivo y petulante, la esposa habría tenido muchos otros recursos. Habría podido ser la beneficiaria del crédito, habría recibido una pensión por viudez, tal vez un seguro de vida, y muy probablemente habría podido conservar las cosas de la pareja amada. En este terreno no hay duda alguna. Las lesbianas no tenemos los mismos derechos que las bugas. Ciertamente, podemos contratar un seguro de vida y nombrar directamente a nuestra pareja como beneficiaria, podemos hacer un testamento y heredarle nuestros bienes. Pero si no hay una disposición expresa en este sentido, la pareja gay, bien lo sabemos, queda muy desprotegida, sujeta a lo que la familia decida. Si somos iguales, ¿por qué no disfrutamos los mismos derechos? Quienes nos relacionamos con mujeres de otros países conocemos una pesadilla que de manera intermitente aparece en nuestras vidas: los trámites migratorios. Los bugas pueden garantizar la residencia legal en el país por el solo hecho de casarse; para nosotras las cosas no son tan sencillas: hay que buscar un trabajo con ciertas características, un plan de estudios de tiempo completo o un matrimonio por conveniencia. Ninguna de las tres cosas es imposible, pero si somos iguales, ¿por qué tenemos que enfrentar dificultades adicionales?.

III. Las diferencias no están sólo fuera de nosotros ni el panorama es tan dramático. Es más, en algunas circunstancias -las que nosotras mismas hemos construido- tenemos ciertas ventajas. Cuando Marisa cumplió 40 años decidió festejarlo en grande. Organizó una fiesta espectacular con casi cincuenta mujeres, en su inmensa mayoría -de manera no sorprendente- lesbianas. Entre las pocas bugas estaba Yadira, quien por cierto no era la primera vez que asistía a una reunión de mujeres. Había estado también en bares de ambiente y en alguna disco que ostentara una bandera de arco iris. Aun así, en esa fiesta estaba particularmente sorprendida. Tenía ojos de plato. Y como además eran de un color azul intenso, brillaban en la oscuridad como muestra inconfundible de su asombro.. ¿Qué era lo que pasaba?. ¿Qué podría haber estado sucediendo para causarle tanto estupor?. La primera vez que había ido a una fiesta de lesbianas se había divertido con las bromas, las anécdotas y los comentarios que flotaban en el ambiente y después había pedido la traducción de algunas expresiones: «Es buga», «Es un lugar de ambiente», «La que no jala arrastra», «Era de las canallas»... y algunas otras que ya han quedado en desuso. Pero en la fiesta de la que hablamos había algo más. Las mujeres ahí reunidas se veían muy contentas. No sólo reflejaban la alegría pasajera de disfrutar un baile, una conversación o una copa el sábado en la noche: denotaban una felicidad más profunda y más auténtica. «Se nota -me dijo después de varios recorridos visuales- que les va muy bien a estas chavas. Esos semblantes no se encuentran en una fiesta buga». Debo reconocer que el comentario me tomó por sorpresa; no se me había ocurrido escudriñar los rostros de mis amigas. Algunas de ellas bailaban salsa en un espacio que por lo reducido exigía mayor proximidad de los cuerpos; otras platicaban en una esquina, con las botellas de cerveza -no vasos, por supuesto- en una mano que las sostenía con desenfado. Una más revisaba los discos, otra arremetía contra las botanas, muchas hablaban mientras se abrazaban afectuosamente, algunas parejas se hacían caricias ocasionales o se besaban largamente. Total, nada extraordinario. Era sólo una fiesta de lesbianas. «Son mujeres que están aquí, ligando, sin tener que preocuparse por lo que dirá o pensará el marido, ni por lo que van a hacer de comer al día siguiente». En unas cuantas palabras había sintetizado la cotidianidad de sumisión y dependencia de muchas mujeres y advertido que en ese terreno, el de las relaciones de pareja, las lesbianas nos manejamos con mucha mayor libertad. Creamos espacios más equitativos, resolvemos los problemas más en términos de discusión -incluso confrontación- que de manipulación y obediencia. Además, en la comunidad lésbica hay muy pocas amas de casa y por ello no resentimos ese particular aislamiento, ni la abulia y la falta de reconocimiento que resultan tan dañinos para la autoestima. Tenemos más relaciones, conocemos a más gente y establecemos vínculos más libres y también más duraderos. Se acaba la pareja pero continúa la amistad. En esa fiesta, cuya concurrencia tenía, en su mayoría, entre cuarenta y cincuenta años, el promedio de parejas, es decir, de mujeres con quienes se había compartido la casa, la cama, la despensa y el baño, era aproximadamente de cinco o seis. ¿A cuántas bugas conocemos que hayan tenido cinco o seis matrimonios?. Y esas pocas seguramente han causado escándalo y son tachadas de promiscuas, ninfómanas o por lo menos de inestables. Pero hay algo más en nuestras relaciones. Por lo general tenemos buen trato y de hecho solemos ser amigas -incluso muy cercanas- de nuestras ex parejas. El proceso no es tan sencillo ni se da de manera automática. Digamos que hemos inventado y aprendido una forma diferente de vivir nuestras rupturas

IV. Rosalía y Patricia vivieron juntas durante casi cinco años, en los que hubo de todo: atracción mutua, deseo incontenible, planes interminables, gastos compartidos, comprensión de las necesidades de la otra, rutinas aburridas, pleitos de diversa intensidad, amigas comunes, desencantos inexplicables, mentiras piadosas, hastío, remordimientos. Un día, Rosalía conoció a otra mujer que le robó el corazón y la mente. Después de algunas semanas se organizó la mudanza, entre sollozos y reclamos, por un lado, y alegría contenida y mal disimulada por el otro. Patricia sufrió intensamente; empapó la almohada con el llanto pegajoso de la madrugada, se refugió en las amigas -cómplices, confidentes-, esperó inútilmente a que sonara el teléfono y paulatinamente fue recuperándose. En realidad se repuso con relativa facilidad. Ciertamente, su proceso de duelo fue más rápido que, por ejemplo, el que habría tenido una buga abandonada por el marido. Después vino un periodo de calma, de reorganizar la casa, los tiempos y las actividades sociales (por ejemplo, ir a fiestas como la que tanto sorprendió a Yadira) y finalmente apareció un nuevo amor. Otra vez se ilusionó, se arregló con esmero para cada cita, volvió a conmoverse ante un atardecer compartido, habló de su pasado y destinó su energía a un futuro que le entusiasmaba. Entonces pudo reencontrarse con su antigua pareja sin resentimientos ni rencores y aceptó a la nueva compañera de Rosalía sin mayores complicaciones. ¿A cuántas bugas conocemos que puedan realmente ser amigas de la actual esposa de su ex marido? Somos diferentes. Nos relacionamos con la gente -nuestra pareja, nuestras amigas, nuestra familia- de manera muy distinta que las bugas. Tal vez por ello nuestros rostros reflejan alegría y optimismo en lugar de frustración y amargura, en palabras de esa observadora externa.

V. No todo es miel sobre hojuelas. En la expresión pública de nuestros afectos nos vemos frecuentemente reprimidas. Los bugas se abrazan, se besan y se fajan en la calle sin el menor titubeo y sin que nadie les diga una sola palabra. Si nosotras lo hacemos es todo un desafío y en numerosas ocasiones tenemos que enfrentar desagradables consecuencias. De hecho los dramas policiales aparecen en nuestras historias con mucha más frecuencia que, por ejemplo, en las historias de los bugas. Si somos iguales, ¿por qué no podemos demostrar nuestro cariño, nuestro deseo, con la misma espontaneidad que socialmente se les permite a los bugas? Y las restricciones, como bien sabemos, no se quedan en los besos furtivos y los fajes callejeros. Sin llegar a los extremos que vivió Elizabeth tras la muerte de Susana, sabemos de muchas otras formas de segregación y discriminación: familiar, escolar, laboral, social. En síntesis, ser lesbiana no es sólo una preferencia sexual: es una opción de vida. Al decidir relacionarnos con otras mujeres elegimos una forma diferente de actuar, de socializar, de divertirnos, de vivir. Tal vez por eso, en lugar de tener entre las manos, por ejemplo, la revista Hola, estamos leyendo Las Amantes de la Luna.