Movimiento Lésbico
Una Barca en la Mar

Las lesbianas solemos hacer balances personales de nuestra actividad militante y esta falta de compromiso escrito hace peligrar nuestra historia. Que muchas organizaciones se comuniquen por e-mail donde poco se habla de actividades o análisis serios, también hace que se fugue una energía valiosa. La intención de La Zona es generar un debate acerca del movimiento de lesbianas, hoy fragmentado y anquilosado por personas y grupos que gozan mirándose el ombligo sin intenciones serias de elaborar materiales que puedan ser leídos por las próximas generaciones.

Mi tía la feminista

En el activismo lésbico hay un fuerte peso o bagaje de los postulados del feminismo, que permitió a algunas construir una subjetividad de valoración de género, en contraposición al patriarcado. Las lesbianas crearon algunas pequeñas comunidades ideales donde el enemigo (porque siempre tiene que haber uno, y que esté afuera) era el hombre -hétero, gay o travesti-, desde una concepción esencialista. El hétero por su machismo, el gay por su misoginia y las travestis porque tomaban lo más estereotipado de la "mujer".

Se entendía al género como algo dado, esencial: «las lesbianas somos doblemente oprimidas. Somos oprimidas como mujeres y como lesbianas». «El lesbianismo implica no solo la relación erótica entre mujeres, sino también un compromiso emocional y político con otras mujeres». Estas ideas se manejaban a principios de los '90 en varios grupos de lesbianas, tales como Cuadernos de Existencia Lesbiana, Grupo de Reflexión Autogestiva de Lesbianas, Las Lunas y las Otras - Grupo de Lesbianas Feministas, y Mujeres de la CHA.

La mayoría de los grupos se habían construido con lesbianas que provenían del movimiento feminista. En 1987 se hace visible en la marcha del 8 de marzo -Día de la Mujer- el grupo Cuadernos de Existencia Lesbiana -una de sus fundadoras es Ilse Fuskova-. Este grupo nació en 1986 en un taller de las jornadas anuales que realiza la ATEM (Asociación del Trabajo y el Estudio de las Mujeres).

El feminismo dio una identidad a las lesbianas; ellas podían circular en los grupos de mujeres sin romper esa alianza para mantener el equilibrio. En abril de 1990, en la Primera Asamblea Nacional de Mujeres Feministas que se realizó en Mar del Plata, el lesbianismo aparece en el Taller de Sexualidad y es tomado como una forma más de placer; se lo asocia al erotismo. A fines de 1990 se realiza el V Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, en San Bernardo, donde participan alrededor de 3.000 mujeres. En este espacio no se había previsto ningún taller de lesbianas. Las que tenían interés en hacerlo, en forma independiente, lograron mantener, durante los cuatro días que duró el encuentro, un taller en el que circularon 500 lesbianas, donde no solo se habló de sexualidad, sino de derechos civiles, pornografía, relaciones masoquistas consensuadas, vih, enfermedades de transmisión sexual, etc..

Desde el feminismo, las lesbianas eran confinadas al espacio de lo erótico como una variante más de la heterosexualidad. La visibilidad de estas lesbianas se expresaba dentro del movimiento feminista, pero no ante la sociedad, porque esta era patriarcal y había que destruirla, no integrarse.

La referencia, «la otra»

Los grupos de lesbianas feministas servían para "limpiarse" de la sociedad patriarcal y construir nuevos valores entre las mujeres. La referencia expresaba la necesidad de mirarse en la otra, en una "igual", para generar conciencia de género. Esta «otra» era una lesbiana feminista, políticamente correcta, y estática. Se establecía un código o una «ética» feminista, una identidad donde mirarse. Las relaciones sexuales debían ser igualitarias. Las lesbianas "masculinas" eran discriminadas porque caían en el estereotipo de aparentar ser hombres, y otro tanto les sucedía a las muy femeninas, por mimetizarse con las mujeres heterosexuales. Las lesbianas debían ser iguales... iguales al ideal feminista lesbiano.

Muchas feministas idealizaron el amor entre lesbianas feministas por el respeto y la igualdad de roles que en ellas reinaba. La ética lésbico-feminista prohibía los roles sexuales (activa-pasiva), juguetes eróticos (consoladores, dildos, vibradores, lencería, etc), el travestismo, el sadomasoquismo y la pornografía.

«La serpiente gay merodea de nuevo»

Desde hacía tiempo, las mujeres de la CHA, con Mónica Santino como referente pública, establecen que el lesbianismo es un derecho humano que hay que conquistar, y asienten en que hay que cambiar la sociedad pero integrando a los varones. «(...) intentamos, mujeres y varones, modificar los tabúes que durante siglos nos impidieron ser sujetos, personas» (Documento presentado en el Encuentro de Nacional de Mujeres de Neuquén, en 1992). Los Encuentros Nacionales de Mujeres permitieron cierta integración de las lesbianas con mujeres de diversos orígenes, pero la identificación con las mujeres se mantenía. Los grupos de lesbianas funcionaban colectivamente dentro del Frente de Lesbianas de Buenos Aires, tanto las lesbianas feministas como las de la CHA. En 1993 escriben un informe de situación, y asumen la organización del IV encuentro de Lesbianas Feministas.

«El lazo entre el deseo y la realidad -dice Foulcaut- es lo que posee fuerza revolucionaria». El separatismo lésbico que había primado en muchas, ahora era algo que ahogaba, en varios sentidos. La radicalidad se expresó en el IV Encuentro de Lesbianas Feministas que se desarrolló en Chapadmalal, donde lesbianas radicales criticaron fuertemente a Mónica Santino (en ese momento presidenta de la CHA) y a Rebeca Sevilla (Secretaria de la ILGA) cusándolas de enemigas por "colaborar con la ONU" para la Conferencia Regional Preparatoria de la V Conferencia sobre la Mujer en Beijing. El debate se daba entre lesbianas "cooptadas" (elegidas) por el sistema, aquellas que luchaban por los derechos civiles y la visibilidad, y lesbianas «autónomas», aquellas que deseaban una sociedad sin opresiones. Pero en realidad, en la Conferencia de la Mujer, se desarrolló una gran disputa con sectores radicales, pero del catolicismo. Entonces, se produce un quiebre no solo en el activismo sino también en el Frente de Lesbianas, que deja de existir a partir de 1994.

En 1993 se realiza en Chile el Primer Encuentro Sudamericano Gay y Lésbico, y comienza a haber una socialización de lesbianas con los varones gays. «No nos pegaron trompadas ni nosotros las arañamos... La relación fue buena. En el plenario hubo dos oportunidades donde se planteó la cuestión y se debatió... ¡y cómo! Surgió por el informe de un taller en el que, para las mujeres, las lesbianas habían sido invisibilizadas y también por el viejo mito de la violencia de las lesbianas.

Una, ya lo dije, es un mito a desterrar. La otra es más delicada... tengo sentimientos contradictorios. Ya no puedo pronunciar la palabra "gay" si no va acompañada -antes o después- por la palabra "lesbiana". Pero no todo el mundo lo hace y no es porque sean machistas o patriarcales; simplemente no lo han incorporado aún. Hay que preparar a la gente para eso.» Esto declaró Carlos Jáuregui a la revista Confidencial, como balance del Encuentro. La delegación estaba también acompañada por Mónica Santino, por la CHA, y Alejandra Sardá, de Las Lunas y las Otras.

Si sólo voy a bailar, ¿dónde está el orgullo?

Para las lesbianas feministas el deseo era uniforme, un dogma igualitario que no tenía en cuenta a las personas. Muchas lesbianas rompieron la horma: unas tomaron pastillas, otras se golpearon entre sí, otras se acostaron con varones, gays o héteros, algunas pocas quisieron ser hombres, algunas tenían sida, otras se enamoraron de travestis, o de transgé-neros, también muchas decidieron trabajar en conjunto con grupos de varones gays y travestis. Se visibilizaron en la TV, en las marchas, y lucharon por derechos civiles en la Ciudad de Buenos Aires. Al romperse esta referencialidad, se rompe el estatismo y esto genera violencia. La violencia de las lesbianas que aún hoy se expresa entre los grupos, la falta de debates honestos y claros, la desle-gitimación y subestimación de las lesbianas entre sí, todo tiene que ver con la imposibilidad de interpelación y la lesbofobia, la imposibilidad de ver a la otra como una persona, porque el cues-tionamiento genera miedo y desestruc-tura, produce pánico y silencio.

A partir de los encuentros en el bar Tasmania, en 1995, comienza a plasmarse un activismo lésbico que revisa el pensamiento feminista, y cuyo eje central es el orgullo, la visibilidad y la lucha pública. Las travestis pudieron ser resignificadas y asumidas como mujeres diferentes, gracias a los Encuentros GLTTTB.A principios del '95 lo transgenérico aparece de la mano de Mauro Cabral en el Encuentro de Rosario, y comienzan a resignificarse conceptos como hombre-mujer, masculino-femenino, activo-pasivo, etc., tomados como componentes culturales construidos históricamente.

Las lesbianas fuimos socializadas como mujeres. Al oponernos a la orientación sexual que está culturalmente preparada, nos apartamos del género. Como lesbianas, muchas no nos sentimos mujeres, aunque reivindiquemos consignas de las mujeres que resisten, como también consignas de los sectores que trabajan por los derechos humanos.Pero entonces, ¿las lesbianas somos un género? Las lesbianas fuimos socializadas desde las concepciones del movimiento feminista. Pero aquellas lesbianas que tenemos un compromiso emocional y político con gays o con travestis o transgéneros o con las/os bisexuales ¿dejamos de ser lesbianas? Aquellas mujeres feministas que echaron de una reunión a las travestis porque "no eran mujeres", ¿entran dentro de nuestro compromiso emocional y político? Si nos oponemos a la naturalización de definiciones como hombre-mujer, también debemos oponernos a naturalizar identidades como "lesbiana" o "gay", porque no nos apartan de la binaridad de género sino que la refuerzan, siendo el negativo de la identidad heterosexual. La escala de valores de la pirámide sexual que la cultura armó es: hombre, mujer, gay, lesbiana, travesti, transgénero, etc.. Si la identidad refuerza esta escala y no se planta criticándola de raíz, entonces la diversidad será un relato de cuerpos muertos, estáticos y ordenados en fila.

En la medida en que recreemos grupos donde la referencia se idealice dentro del grupo, no sea cuestionadora de la escala de valores de la pirámide sexual, no sea diversa, movible y visible, la diversidad no será un patrimonio de las lesbianas. Será una identidad estática siempre a punto de estallar, un caldo de cultivo para nuevas frustraciones y violencias.


María Alejandra Brassó

Fuente: Revista Nexo, Buenos Aires
Publicado en: http://www.nexo.org/zonalesbica06.htm