Se aproximaba la temporada de verano 2000-2001. Fernanda , con 20 años, una hija de 2, se preparaba para ingresar a Mc Donald`s Piriápolis, trabajo que había realizado la temporada anterior, ya que de esa manera, obtenía los medios para ayudar económicamente a su abuela, con la cual vivía en Pan de Azúcar.
En esa época, Ana, de 20 años también, se decidía a buscar trabajo por el verano, debía ahorrar dinero para su próximo viaje. Hacía ya 4 años que era misionera católica y se cuestionaba su vocación religiosa. Después de tantos años siguiendo a Dios, al fin se iría a vivir a un convento en Argentina, para confirmar su vocación. Ya tenía todo preparado, le había comunicado a su familia y a sus amigos su decisión de ser religiosa. Repartió su curriculum en varios lugares, hasta que al fin la llamaron de la empresa en la que ella había trabajado años anteriores, Mc Donald´s Piriápolis.
Llegó el verano y con el la temporada de trabajo. Eran muchos compañeros, y pocos de ellos se conocían. A Ana le asignaron el turno de la noche, y llegaba al local casi sobre la hora de marcar tarjeta. Apurada, entra al baño del personal femenino para ponerse el uniforme, allí estaba Fernanda en sus últimos arreglos.
F- Hola!
A- Hola, ¿sos nueva?
F- No, yo trabaje la temporada anterior, y vos?
A- Yo trabaje hace dos años, un gusto.
F- Bueno, voy a bajar porque ya estamos en hora.
Ana terminó de cambiarse y bajó. Fernanda le había parecido muy simpática. Era una chica de su edad, delgada, pelo largo, enrulado, cuerpo bien formado y muy bonita.
Fernanda en otro sector, pensó en lo bien que le había caído su compañera, le había parecido una chica interesante, de estatura mediana, pelo ondulado, castaño, y unos ojos verdes que miraban con una ternura inexplicable.
Así fueron transcurriendo los días, y el compañerismo crecía entre todos. El ambiente de trabajo era bueno, Fernanda estaba en el sector de papas y torre de bebidas. A Ana le habían asignado la caja y el armado de pedidos.
Cuando menos se lo esperaba, Ana empezó a sentir cosas extrañas por Fernanda. Sentía necesidad de estar cerca de ella, pero a la vez cuando Fernanda la rozaba, era como si una corriente le corriera por el cuerpo entero. Esta sensación crecía a medida que pasaban los días. Ana no quería, no podía aceptar lo que le estaba sucediendo. Ella estaba muy segura de su vocación, y pensaba que esta era una prueba más de fortaleza que le ponía el Señor.
Se iba sola a la playa, meditaba y lloraba por lo que sentía, que ya era inevitable. Todas sus creencias y prejuicios le impedían aceptarse, además, una muchacha tan hermosa como Fernanda y con una hija, seguro tendría sus admiradores, no,  no, no podía pensar en eso. Solo se la tenía que sacar de la cabeza.
A su vez Fernanda, sentía por Ana, un vínculo de amistad muy fuerte, sentía que en ella podía confiar muchas cosas que llevaba dentro, le inspiraba confianza y mucha paz interior.
Dentro de todos los compañeros se formo un bello grupo de los cuales se hicieron muy amigos, se reunían todas las madrugadas después de trabajar, a cenar, mirar películas, jugar al pool, y salir a tomar algo. Entre ellos se encontraban Ana y Fernanda. Una de esas noches, Ana decidió caminar hasta a la rambla. Fernanda había bebido de más, cosa que no estaba acostumbrada, y salió tras Ana para caminar con ella. En el trayecto, Fernanda, le pidió a Ana que la abrazara fuerte, y Ana accedió, en determinado momento, Fernanda le confiesa que es lesbiana y que le atraen las mujeres de su estilo; lo que Ana no creyó, debido al estado en que se encontraba su compañera.
Al otro día, Fernanda no recordaba nada, pero sin quererlo, esta confesión, aceleró aún más los sentimientos de Ana.
La temporada culminaba, y las reuniones del grupo aumentaban. El secreto de Ana la quemaba por dentro, pero sufría una gran lucha interior que no dejaba aflorar sus sentimientos. Estaban todos reunidos, cuando Ana le pide a Fernanda que la lleve hasta su casa a buscar algo que había olvidado, en el camino, Ana no pudo soportar mas la represión y le pide que se detenga, que debe contarle algo. Sentadas en la rambla de Piriápolis, Ana le confiesa la atracción que siente por ella, pero no pretende nada, sólo desahogarse, ya que en unas semanas partiría rumbo a Corrientes, a confirmar su vocación religiosa. Fernanda la comprende, le reitera lo que le había contado días antes, se abrazan y regresan con el grupo.
Continuaban siendo amigas, pero ambas conocían sus secretos. Cierta madrugada, al volver de una cena, Fernanda la sigue en la moto y se encuentran en una esquina. Conversan abrazadas muy cerca la una de la otra. La luz del sol que ya salía y los obreros que se levantaban para cumplir su día de trabajo. En determinado momento, cuando menos lo esperaba Fernanda, Ana, rozó tímidamente sus labios, a lo que Fernanda respondió sonriendo y diciendo: " creí que iba a tener que ser yo la que diera el primer paso". Se despidieron con un profundo beso en los labios y cada una regresó a su casa recordando lo ocurrido y pensando que sucedería de ahí en más.
Esa misma semana, todo el grupo de trabajo de Mc Donald´s, parte rumbo a Montevideo, con el fin de utilizar, la tarjeta Free Pass, con la cual accederían libremente a cines, teatros, restaurantes, etc. Todos se alojarían durante esa semana en el apartamento de una de las chicas.
Llegaron a la capital, y de inmediato partieron hacia el Movie Center. Fernanda dirige a su compañera hacia las butacas traseras, y allí se sientan una al lado de la otra, con una campera cubriendo sus piernas. En medio de la película, Fernanda desliza sus manos entre las piernas de Ana, hasta llegar a un punto en que ambas deseaban convertirse en una sola.
En la noche, como Ana tenía las llaves del apartamento de su abuela, en el que no vivía nadie, invitó a Fernanda para que le hiciera compañía, y así no quedarse sola.
Ya en el apartamento, se liberaron de las represiones de la calle y la sociedad, y sacaron afuera ese sentimiento tan fuerte de deseo y pasión que las unía. Comenzaron a besarse de una manera descontrolada, sus lenguas se entrelazaban sedientas, sus manos recorrían sus cuerpos encendiendo cada parte de la piel. Sus respiraciones agitadas y gemidos, aumentaban aún más el nivel de excitación.
Desnudas en la cama, Ana sobre Fernanda, en el punto cumbre, próximo al orgasmo; Ana, repentinamente se hace a un lado, y con voz afligida le dice que ella no debe estar haciendo eso, que no puede hacerlo, que ella iba a ser monja, y en una semana partiría.
Fernanda la tomó entre sus brazos, y pacientemente la tranquiliza, diciéndole que en una relación el sexo no es lo más importante. Los minutos pasan, las dos más relajadas continúan abrazadas. Hasta que Ana en forma inesperada retoma su postura convencida y diciendo: "Tengo que poder". Así pasaron la semana, sin salir del apartamento.
En esa semana, Ana se daba cuenta de que lo que sentía por Fernanda, iba más allá de lo que alguna vez habría sentido por otra persona, se estaba enamorando, y cada segundo que pasaba se le hacía más difícil pensar en irse y separarse de ella.
Fernanda a su vez, sentía lo mismo, y le enfermaba la idea de que todo lo ocurrido quedaría en nada.
Volvieron a sus hogares, en Pan de Azúcar y Piriápolis. Quedaba tan sólo unos días para que Ana dejara el país. Ella seguía segura de su vocación, pero se daba cuenta de que el amor que sentía era demasiado fuerte, y que no podría soportar la separación.
Fernanda viajaba todos los días desde Pan de Azúcar a Piriápolis, hasta que cierto día le entrega una carta, su única esperanza, estaba dirigida a la madre provincial de la congregación a la que Ana ingresaría en tres días. Esta emocionó tanto a Ana que de inmediato fueron juntas y la enviaron a destino.
En la carta expresaba la inseguridad que sentía Ana frente al gran paso que daría, y que necesitaba tiempo. Ese mismo día, Ana llegó a su casa, en la que se encontraba su madre, y le comunicó a su madre la decisión. Como si esto fuera poco sorpresivo, también le da la noticia de que se iría a vivir a Maldonado, a continuar sus estudios, y que alquilaría una casa con Fernanda, una amiga.
Al día siguiente, las chicas viajaron a Maldonado, en moto, a buscar apartamento para hacer realidad su sueño de vivir juntas. Así viajaron durante tres días, hasta encontrar su actual hogar. El mismo 8 de abril del 2001, día en que Ana ingresaría al convento, empezaron sus vidas juntas, en Maldonado.