EL MISTERIO DEL DESEO
Así son y así viven las lesbianas en España

Pese a todas las mudanzas que ha habido en el mundo, el lesbianismo sigue siendo una homosexualidad oculta. Por eso existe todavía mucha gente que ignora el tema po completo. Otras personas, en cambio, creen conocerlo todo y tener muy claro qué tipo de mujer es una lesbiana. Pero probablemente el ignorante esté más lejos del error que el enterado, porque una de las primeras cosas que hay que decir al abordar el tema es que el lesbianismo (o cualquier tipo de homosexualidad) no es una definición existencial. Que no es una clasificación global, que no hay una sola clase de lesbiana.

Y así, las hay de derechas y de izquierdas; machorras, como dice el tópico despectivo (en el ambiente lesbiano se las conoce por bomberos o camioneros), mujeres tan explosivas, sinuosas y ajustadas como Marilyn Monroe, pasando por toda la gama intermedia de mayor o menor apariencia de femineidad. Hay unas que temen o envidian al varón, y otras que han amado y aman a hombres apasionadamente, y que se sienten felices de ser mujeres. Las hay casadas (el 20% de las lesbianas ha pasado por el matrimonio) y con hijos; con un intenso pasado heterosexual o con una vivencia homosexual exclusiva desde la niñez (relativamente pocas: el 90% de las lesbianas ha hecho el amor con hombres en algún momento de su vida); las hay, en fin, cultas e incultas, listas y tontas, felices y desgraciadas, promiscuas y fieles, centradas en sí mismas y  desequilibradas.

La variedad es infinita, como en las mujeres heterosexuales, y es que el lesbianismo obviamente no es más que una parte de la persona, "aunque por la presión social y las etiquetas se te clasifica globalmente como lesbiana, y eso te condiciona todo, los demás te ven no ya como una profesional de lo que seas, o vecina, o ciudadana o cualquier otro registro, sino como lesbiana las 24 horas del día", dice Cristina Garaizábal, una psicóloga de 38 años. "Estoy harta de ser un tema", dice Z., que no quiso dar su nombre. Y es que verse obligados a defender, definir y explicar su elección sexual constantemente, como les sucede a los homosexuales, es algo así como si los heterosexuales tuvieran que ir proclamando a los cuatro vientos qué tipo de postura amorosa prefieren, si practican el 69 o el misionero, con la incomodidad añadida de que después el entorno social va a juzgar toda su vida y sus comportamientos a la luz de estas revelaciones íntimas.

Que quede claro, pues, que resulta inabarcable e imposible definir qué son las lesbianas; sí es factible hablar, en cambio, de lo que es el lesbianismo. Y de entrada podríamos hacer dos observaciones. Primera, que no se trata de un asunto exótico, de una rareza que sólo afecta a esa minoría de mujeres que se acuestan con mujeres, sino que es un tema que nos habla a todos, a los heteros también, de la naturaleza del deseo, de la identidad sexual y de los roles. Y segunda, que si hay algo hoy generalizable dentro del lesbianismo es su grado de invisibilidad. Así como los gay llevan años luchando por sus derechos y dando la cara públicamente, las lesbianas carecen aún de un lugar social. "El lesbianismo siempre ha pasado mucho más inadvertido que la homosexualidad masculina", explica  Empar Pineda, de 48 años, veterana militante del Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid. "Que dos mujeres vivan juntas es algo que nunca ha llamado la atención en absoluto, e incluso su comportamiento podía ser tenido por ejemplar, era eso de: "Sí, claro, Fulanita y Menganita, tan buenas chicas, viven juntas y en su casa no entra ningún hombre, y hasta duermen juntas, así no pasan miedo... ", yo eso lo he oído decir. Y es que la mujeres no somos seres sexuales, no se nos reconoce  nuestra sexualidad, y, como lo que no debe ser no es, tradicionalmente la sociedad ni siquiera imaginaba  nuestra existencia".

Esta inexistencia, esta invisibilidad, fue un alivio en tiempos duros, cuando la homosexualidad estaba implacablemente perseguida. Pero ahora que el nivel de tolerancia social es mucho mayor, la invisibilidad se ha convertido en una cárcel. Mientras que los gay han normalizado considerablemente su situación y su presencia, las lesbianas continúan de algún modo en la clandestinidad. Encontrar mujeres dispuestas a dar sus  nombres y apellidos y a dejarse fotografiar para el reportaje ha sido insospechadamente  difícil, y todas las que aquí salen (la vasca Karmele, estudiante de sociología, y las dos parejas formadas por Empar y Cristina, ya citadas, y por Manoli y Ana) lo hacen por  razones ideológicas, por abrir fronteras, aunque les incomode este protagonismo: "Tener que hacer una bandera de tu sexualidad es un fastidio".

"Yo tengo conflictos con el anonimato", me explica B., en su casa, cuando me dice que no quiere dar su nombre ni salir en las fotos: "Y tengo conflictos porque creo que las cosas  hay que resolverlas en la propia vida, y yo no vivo mi sexualidad clandestinamente. Así es  que me gustaría salir abiertamente, pero...". En ese pero se agazapan todos los tabúes aún presentes en torno al lesbianismo. El caso de B. es prototípico: tiene 25 años y es una  mujer moderna, guapa, coqueta y femenina. Siempre se sintió heterosexual y de hecho tenía un novio cuando, a los 19 años, se enamoró de su jefa, A. La historia cuajó y llevan seis años de convivencia, y es evidente que forman una pareja feliz: el día que me entrevisté con ellas estaban firmando los papeles de un piso que se han comprado juntas y se las veía emocionadas y exultantes.

A. tiene 36 años, el pelo corto y un aspecto maternal y robusto. Ha sido una profesional bastante conocida dentro del campo del Derecho, pero ahora ha dejado su trabajo y ha puesto un negocio con B., una tienda de productos alimenticios que no tiene nada que ver con el ambiente homosexual: "Por eso no queremos salir, entre otras cosas, por la clientela y por el negocio", dice B. Y por no herir a los padres de B., que lo saben todo, que aceptan la relación perfectamente, pero que viven en un pueblo y no quieren ser la  comidilla de los vecinos. De modo que A. y B. viven su sexualidad abiertamente, van cogidas de la mano por la calle, no lo ocultan a nadie de su entorno, pero, aun así, no desean manifestarse públicamente como lesbianas. Les falta el paso final, y en esta situación parecen encontrarse hoy muchas mujeres.

Este estado de impenetrabilidad e invisibilidad contribuye al hecho de que no haya estudios serios sobre el lesbianismo. No se sabe, por ejemplo, cuántas mujeres homosexuales hay en España. El celebérrimo informe Kinsey, que sigue siendo una de las pocas fuentes fiables, estudió a las mujeres blancas norteamericanas entre los 20 y los 35 años y encontró que alrededor de un 16% de las solteras y un 9% de las casadas había tenido algún contacto lésbico; que para el 2,5% de las solteras y el 1,5% de las casadas eran tan importantes las relaciones heterosexuales como las homosexuales, y que había algo así como un 2% de solteras y otro tanto de casadas que se había decantado por relaciones exclusivamente lesbianas. Pero este informe está publicado en 1953 y es muy posible que con la liberalización de las costumbres y la disminución de la represión sexual estas cifras hayan aumentado perceptiblemente.

Y es que la represión sexual y la intolerancia han hecho estragos y aún sigue haciéndolos. Un ejemplo es la conmovedora historia de Manuela Rico. Manuela tiene 25 años y nació en un pequeño pueblo de Toledo, pero a los nueve meses el padre encontró empleo en la Seat y la familia se trasladó a Barcelona: "Aquello fue un infierno, porque mi padre era un alcohólico. Así es que cuando yo tenía nueve años nos tuvimos que volver. A mi padre le metieron en el Alonso Vega y dejó de beber, pero siguió siendo muy violento. ¿Mi madre?. La pobre, una mujer muy pegada, muy arrastrada por la vida que le dio mi padre".

A Manuela le gustaban las chicas desde niña; ya en Barcelona jugaba al balón y con pistolas como los otros chicos, y su padre le rajaba la pelota o le pisoteaba la pistola de plástico: le debían de inquietar esas tendencias. Al regresar al pueblo se hicieron cargo del bar de los abuelos; Manuela dejó la escuela a los 12 años y se puso a trabajar en el negocio familiar. A los 15 se enrolló con una chica del pueblo de su edad, "y estuvimos juntas durante dos años, con toda la inocencia del mundo, yo no pensaba que estuviera haciéndole daño a nadie. Pero si a los 15 años no parecía mal que fuésemos de la mano, cuando cumplimos 17 la gente empezó a sospechar. Y un día nos descubrió la madre de  ella, y llamó a mis padres. Fue el 5 de enero de 1985, todavía lo recuerdo: el peor palo de mi vida. Porque nos montaron un escándalo enorme, y nos separaron, y yo la quería, claro... Y ella al principio se las arreglaba para mandarme notitas diciéndome que la esperara y cosas así. Pero al año, de repente, se casó. Y ahí es cuando me fastidió del todo".

Se quedó sola. No había nadie más como ella ("yo era la rara"), y se sentía tan mal y tan confundida que empezó a salir con un chico del pueblo "para ver si la que se estaba equivocando era yo". Pero, claro, la cosa no funcionaba; y al regresar a casa tras estos encuentros infructuosos Manuela se agarraba a la botella de ginebra. "De los 17 a los 23 años me perdí el mundo sin saberlo", dice ahora. De los 17 a los 23 años se convirtió en  una alcohólica Hasta que la médica del pueblo le recomendó que fuera a Actrea, una asociación antialcohólica de Aranjuez. "Fui a Actrea el 10 de julio de 1990", dice Manuela, que, como suceder con la gente que ha conocido la desdicha profunda, lleva las fechas decisivas de su vida esculpidas en la memoria, "y desde entonces hasta hoy no he vuelto a probar una gota de alcohol. Pero ni un bitter Kas ni una cerveza sin ni un mosto, por que todos tienen algo de contenido alcohólico".

Nada más llegar a Actrea, Manuela le contó a la psicóloga del centro su problema que le gustaban las mujeres. Y a la semana siguiente la psicóloga apareció con las señas del Colectivo de Lesbianas de Madrid. "Y me fui a verlas, era el mes de noviembre de 1990... Yo iba muerta de miedo, porque era salir de mi pueblo para ir a Madrid, que era muy grande, y además enfrentarme a la calle sin alcohol... Y llegué al colectivo y me recibieron Eli y Alicia como lo más normal del mundo". Lo que había vivido con tanto  aislamiento y tanto rechazo, con tanto sufrimiento, era en Madrid lo más normal del mundo. "Y ya ese día me dieron una papeleta para una fiesta, y en otra fiesta un poco después conocí a Ana".

Ana, Ana Rubio, de 24 años, con la que vive desde hace dos, está sonriendo a su lado, grandona y aniñada. Ana, que es de Madrid, nunca tuvo los problemas de Manuela. También a ella le gustaban las mujeres desde niña ("me montaba unas fantasías increíbles con las protagonistas de las películas"), pero nunca se sintió rara: "Yo había visto en televisión y en el cine y demás que había unas personas a las que les gustaba la gente de su propio sexo, y tuve claro desde siempre que yo era de ésas y no de las otras, y ya está". Lo cual no quiere decir que no hubiera conflictos cuando sus padres se enteraron de su tendencia sexual. Esto sucedió cuando Ana, que por entonces tenía 18 años, mantuvo su primera relación. La madre notó algo y le preguntó directamente si le gustaban las mujeres, y ella respondió la verdad. Entonces se desarrolló el proceso habitual: un primer momento de rechazo, a veces de furia, en ocasiones el intento de borrarlo todo y olvidarlo todo, como si hubiera sucedido; y luego por lo general, afortunadamente, la normalización de las relaciones, sobre todo con las madres, que son siempre, por lo visto, mucho más receptivas.

Hoy Ana se lleva maravillosamente bien con su familia, hasta el punto de que vive con Manuela en casa de sus padres, en una habitación "con cama de matrimonio". Algún día se independizarán, pero por el momento no tienen dinero suficiente. Ana era vigilante jurado en Prosegur y Manuela trabajaba en un quiosco de periódicos, pero ahora han dejado sus empleos porque quieren montar algún negocio juntas. Se quieren mucho, aseguran no  saber vivir la una sin la otra y se plantean las relaciones de una manera muy tradicional:  "La fidelidad ante todo". Ésta es, en suma, una historia con final feliz, aunque el padre de Manuela murió en 1989 sin haber admitido la homosexualidad de su hija, y ésa es una espina que ella lleva. "A veces me meto en el servicio y me pongo a llorar, pero de alegría", dice Manuela: "Con todo lo que he pasado y estar ahora tan bien, sin alcohol, sin drogas, sin nada... Claro que me lo he ganado a pulso. Y ojalá pudiera estar mi padre aquí para poder demostrarle lo que le estoy demostrando al padre de Ana".

Su madre, la madre de Manuela, sigue en el pueblo. Se adoran: "Es la hija que más quiero, porque hemos pasado mucho juntas y porque  me ha ayudado mucho con su padre...". María Gómez tiene 57 años, la cara guapa y unos ojos brillantes y llenos de vida: "Yo, la primera vez, cuando me enteré, le dije de todo, que era una marrana, que era una sinvergüenza, que eso no se hacia...", explica. "Y luego pensé que se le pasaba con el tiempo, y como ella ya no me hablaba de eso... Pero bebía, venia a casa fatal, como unos zorros, y yo veía que se repetía lo de su padre. Y entonces fuimos a Actrea, y yo estuve tres  meses yendo con la psicóloga. Y te cuesta, porque nunca lo has visto, pero luego lo  asimilas todo. Y si alguna madre tiene el mismo problema que yo, le aconsejo que acepte a sus hijas e hijos como son, porque no los podemos cambiar. Y yo prefiero verla así contenta, que tirada en una cuneta. Ahora está con esta chica, Ana, que es muy buena, la quiero mucho, se llevan muy bien, y yo estoy muy feliz de que mi hija haya rehecho su vida".

A. y B. son pareja desde hace seis años e incluso quieren tener un hijo juntas por inseminación artificial (lo quiere tener sobre todo B., la más joven, porque A. tiene cierto recelo a la presión social que puede haber contra un niño con dos madres); Cristina Garaizábal y Empar Pineda llevan siete años de relación, y Ana y Manoli, aunque sólo llevan dos, parecen estar sólidamente unidas. Sin embargo, las parejas de lesbianas son, de entre todas las combinaciones de parejas posibles (hombre-hombre, mujer-hombre y  mujer-mujer), las menos estables. Y además el modelo de ruptura suele seglar casi siempre el mismo patrón, consistente en que una de las integrantes de la pareja tiene una aventura  extramarital, aventura que le lleva a romper la historia anterior y a emparejarse con la nueva mujer. En esto no hace sino seguir las mismas pautas de comportamiento que  podemos encontrar en las heterosexuales: en general; la mujer no tiene devaneos sexuales y superficiales fuera de la pareja, sino que se engancha en aventuras amorosas y  sentimentales completas que pueden llevarle a la ruptura de la relación principal. Y el  hecho de que este impulso fusional que nos hace unir el sexo y el romance se multiplique por dos en las parejas de lesbianas influye a no dudar en la falta de estabilidad del vínculo.

La norteamericana Margaret Nichols, psicóloga, terapeuta sexual y teórica lesbiana, escribió un ensayo fascinante sobre el tema que publicó en España la revista Nosotras, del Colectivo de Lesbianas: "Frecuentemente, dos mujeres emparejadas, al poco de haber roto su relación anterior", dice Nichols, "se van a vivir juntas enseguida, sin apenas relación previa. Las mujeres se declaran amor eterno, se sienten perfectamente acopladas y disfrutan de excelentes relaciones sexuales. Dos o cuatro años más tarde, la frecuencia del sexo ha decrecido dramáticamente. (...) Lo que sucede al final es que una de ellas se involucra sexualmente con una nueva mujer, se enamora de la nueva persona, la  pareja se rompe y la compañera no monógama forma una nueva pareja con la tercera mujer".

Y es que las relaciones lesbianas ponen en evidencia lo femenino, esto es, los condicionamientos culturales y biológicos de las mujeres, de la misma manera que las relaciones gay ponen en evidencia los fantasmas básicos de lo masculino, y son, unas y otras, un espejo interesantísimo para intentar desentrañar lo que todos somos. Y así las parejas hombre-hombre son, de todas, la menos fieles y más promiscuas, y al mismo tiempo, las que más sexo practican, contando los contactos de dentro y de fuera de la pareja. Por el contrario, el otro extremo de la gama, las parejas mujer-mujer son las más monógamas y las que menos hacen el amor. Y en mitad de estos dos polos se encontrarían las parejas heterosexuales, cuya frecuencia de contacto sexual equidista entre unas y otros: ni hacen tanto el amor como los gay ni tan poco como las lesbianas. Es como si los integrantes de la pareja heterosexual llegaran a un acuerdo y cedieran un poco por ambas partes: ellos hacen un poco menos el amor de lo que quieren y ellas lo hacen un poco más de lo que les gusta.

Sea como fuere, parece evidente que, en líneas generales, el sexo ocupa menos lugar en las relaciones lesbianas: "No es lo más importante", explica B. "No sé, te puedes pasar tres semanas sin hacer el amor y no sucede nada. Y es que lo más importante es entenderse. Podemos estarnos una noche hablando y jugando hasta las tantas de la madrugada y sin hacer el amor, y es estupendo". Para Margaret Nichols se trata de una inhibición  sexual, de una represión educativa básica en la mujer: "Somos (las lesbianas) las últimas románticas de la modernidad", explica en su artículo, "y aunque en algunos aspectos sea encantador, tiene algunos efectos adversos. Por ejemplo, ayuda a explicar nuestros alarmantemente breves períodos de cortejo: somos como las mujeres victorianas, que se casaban, en parte, para poder tener una fuente legítima de sexo".

"El problema es que la mujer está educada en la pasividad sexual, en no ser ella la demandante, la que pide la relación sexual y entonces, a veces, en la pareja lesbiana no hay nadie que empuje y que pida, y el deseo sexual se termina amuermando", explica la también psicóloga Cristina Garaizábal. "Pero tampoco hay que confundirse y creer que entre lesbianas el sexo no tiene importancia porque sí que la tiene; para muchas, una importancia grande".

Eso mismo dice Karmele Bartolomé, de 27 años, donostiarra y estudiante de sociología en Madrid: "El sexo ocupa el lugar que le quieras dar. Para  mi es muy importante, yo necesito que funcione, y para ello te lo tienes que trabajar". Karmele fue siempre heterosexual, jamás se le pasó por la cabeza la idea de una relación homosexual: "Recuerdo haber tenido de adolescente la típica amiga del alma, por ejemplo, y nunca deseé tener nada más con ella que la relación de amistad que tuve". Hasta que un día - tenía 21 años y estaba por entonces viviendo en Bilbao y haciendo tercero de carrera- se marchó con unas amigas a pasar un fin de semana a un pueblo cercano. El lugar estaba en fiestas, Karmele bebió un poco. Una amiga de una de sus amigas le preguntó: "¿Te puedo dar un beso?". Era un momento especial y agradable, y ella dijo que sí: "Si no se hubieran dado todas esas circunstancias, y si esa chica no se hubiera sentido atraída hacía mí, probablemente yo no hubiera vivido una historia así". Se enrollaron, y fue "una historia muy bonita. Luego se acabó, la acabó ella, y yo me encontré con que no conocía a nadie que entendiera. Así es que me fui a la Asamblea de Mujeres de Bilbao y conecté así con otras lesbianas". Después ha tenido otras historias con mujeres, y con una de ellas llegó a convivir dos años. A Kamele le gustan los hombres, había tenido relaciones con ellos puede volver a tenerlas: "Si ahora llevo una temporada que estoy con mujeres es porque creo que, cuando has tenido una relación así, lo más natural es que inmediatamente después busques a otra mujer, porque te ha quedado como la miel en los labios. Del  mismo modo, estoy segura de que si tuviera una relación con un hombre, lo automático sería buscar otro hombre. Así es que supongo que va por rachas".

Habría que preguntarse qué es el deseo, esa oscura pulsión que nos arrastra. Por qué deseas  a alguien en un momento determinado: a un hombre, a una mujer, a una rubia, a un gordo. Quizá nos suceda como a los patos que estudiaba el etólogo Konrad Lorenz: si el patito salía del cascarón y lo primero que hacía era verte a ti ahí, colocado delante de su huevo, entonces se producía un proceso de imprimación por el cual la criatura quedaba convencida de que tú eras su madre o su padre, de modo que te seguía afanosamente por todas partes. Y tal vez con el deseo de los humanos se produzca también una suerte de imprimación remota, de modo que cada uno de nosotros guarde su fórmula secreta del impulso amoroso. Y así te pueden atraer las mujeres o los hombres (o las mujeres y los hombres) y las personas de un determinado aspecto o carácter. Y toda tu vida, me supongo, vas persiguiendo esa imprimación primordial, ese fantasma íntimo, cuya composición se escapa a tu voluntad.

Sin embargo, esta fórmula básica debe de ser lo suficientemente compleja o lo suficientemente abierta y cambiante como para que mujeres que han tenido una trayectoria estrictamente heterosexual durante años descubran de repente dentro de ellas el impulso lesbiano. Como le sucedió a Cristina Garaizábal, la actual compañera de Empar Pineda. Cristina vivía en Barcelona y había tenido varias parejas masculinas. Con el último llevaba viviendo ocho años, y le quería mucho. Pero entonces apareció Empar y Cristina tuvo con ella su primer contacto homosexual: "Al principio no le di más importancia; había sido un rollo sexual placentero, una noche loca. Pero nos seguimos viendo bastante seguido porque estábamos metidas las dos en actividades feministas y entonces el asunto fue tomando otra entidad y yo me fui enamorando. Pero al mismo tiempo también continuaba  enamorada de mi compañero, y, de hecho, yo intenté seguir con las dos cosas y no dejar nada. Pero el asunto se complicó y tuve que elegir entre los dos, y mi decisión fue seguir con ella".

Cristina se considera lesbiana "porque ahora me atraen sexualmente más las mujeres que los hombres, pero en algún momento, quién sabe, podría volverme a enamorar de un hombre, las fronteras del deseo son cambiantes". Cristina aprendió eso en sus años de militancia feminista, y esa apertura mental es la que le posibilitó su relación con Empar. La propia Empar, en cambio, siempre tuvo un deseo mucho más marcado, porque le gustaron las mujeres desde siempre. Claro que no se enteró de que era homosexual hasta que llegó a la Universidad y alguien se lo dijo: "A ti lo que te pasa es que eres una lesbiana como la copa de un pino". Porque ella ya había tenido historias sexuales y amorosas con mujeres para entonces, pero no podía relacionar esas historias tan limpias y naturales para ella con toda la horrible literatura médica sobre el lesbianismo y con el sentir popular de la homosexualidad como un estigma. Hay que tener en cuenta que Empar tiene 48 años, y que en su adolescencia la situación ambiental era mucho peor. No obstante, ella supo vivir su sexualidad sin demasiados traumas.

Empar tiene unas estupendas relaciones fraternales con los hombres, a los que echa de menos en su vida, porque, como Cristina y ella se dedican al activismo feminista y lesbiano (la primera colabora como psicóloga con asociaciones de mujeres y Empar trabaja en un centro médico ginecológico y de planificación, y además las dos pertenecen al colectivo de lesbianas), viven inmersas en un mundo fundamentalmente femenino y en gran parte homosexual. "¿El gueto lesbiano?", explica Empar: "Habría que diferenciar: por un lado, está el gueto comercial, es decir, la red de locales de ambiente, que normalmente frecuentas porque es más cómodo poder ir a un bar y estar cogiendo de la mano a tu novia sin que la gente te mire como a un bicho raro. Pero luego está el gueto privado, y es que sucede que muchas veces, sin siquiera quererlo, te terminas viendo con otras amigas lesbianas. Nosotras deberíamos hacer un esfuerzo por tratar a más hombres, porque es otra visión del mundo".

No todas las lesbianas viven en mundos tan cerrados. A. y B., por ejemplo, tienen un entorno heterosexual, y Karmele trata a homosexuales y heterosexuales. Por cierto, que la lúcida Karmele encuentra unas interesantes diferencias en las relaciones amorosas, dependiendo de si se establecen con hombres o con mujeres. Primero, en el aspecto  sexual: "La relación sexual puede ser más imaginativa con mujeres: de hecho, cuando ligas con una mujer de entrada no sabes de qué va a ir, cómo van a ser luego las cosas. En ese terreno puedes crearlo todo y todo vale, mientras que en las relaciones sexuales con un hombre hay unos mecanismos ya conocidos y ya imaginados".

Y luego están las diferencias más sustanciales: el cambio en los roles: "En una relación con un hombre mantienes siempre una postura muy clara con respecto a tu rol, sabes  siempre cuál es tu lugar y lo qué tienes que hacer. Pero si estás con una mujer, la contradicción en los roles es mucho mayor: ¿por qué adoptas ésta o aquella postura? ¿O por qué juegas ahora un papel tradicionalmente masculino? ¿Y no te creías tan progresista y ahora estás haciendo el papel tradicional femenino? No sé, ya no es una lucha de contrarios, e intelectualmente puedes jugar con lo femenino o lo masculino y adoptar lo que te es más conveniente en cada momento. Creo que en las relaciones lesbianas los roles están menos estereotipados. No sé, a mí me encanta hacer las reparaciones de la casa, por ejemplo, y soy bastante independiente; pero no por eso dejo de adoptar casi siempre en las relaciones un papel más femenino", explica Karmele.

Y A. dice: "Yo he estado muy enamorada de algunos hombres en mi vida, pero ninguno me ha tratado tan bien como me trata B". Se diría que, en efecto, las relaciones lesbianas están más libres de estereotipos, de esas etiquetas de comportamiento sexual que en el mundo heterosexual están tan marcadas: "Fíjate cómo será lo de los roles sexuales que, cuando empecé mi relación con B., que por entonces era mi secretaria", explica A., "los compañeros del trabajo me preguntaron que qué me traía yo con ella, y al decirles yo la verdad, ellos cambiaron su trato hacia mí: ya no me dejaban pasar delante de ellos en las puertas, y hacían apartes conmigo comentando en plan colega masculino el  buen culo que tenía ésta o aquella chica. El por qué no le hacían esos comentarios a B. no lo sé bien: supongo que como yo soy mayor me adjudicaron el papel de hombre. Y tuve que protestar muchísimo para poder seguir manteniendo mi condición de mujer".

Hay parejas de lesbianas en las que los roles sexuales parecen muy marcados: son las butch/femme, o parejas en las que una va "de muy tío" y la otra "de muy mujer". "Las feministas hemos repudiado durante años a esas parejas, porque nos parecían una copia sin más de lo peor del machismo", dice Empar Pineda: "En realidad ese rechazo formaba parte de la carga puritana que ha tenido el feminismo, y hemos hecho mucho daño con cosas así. Al cabo del tiempo te das cuenta de que, incluso en esas parejas de camionero con chica pantera, los roles no son como parecen, y casi siempre sucede que luego en la intimidad la que va de hombre es en realidad la maricocinitas y la que tiene la casa como los chorros del oro y borda y mantiene una serie de comportamientos y actitudes profundamente femeninos".

Las cosas, en efecto, no son tan simples como parecen, ni tan simplificables como el movimiento feminista y lesbiano radical de hace algunos años quiso creer. En el ya citado trabajo de Margaret Nichols hay un párrafo delicioso en el que explica que siempre le  gustó maquillarse y arreglarse, que tiene fantasías bisexuales sadomasoquistas y que, por tanto, es una lesbiana sexualmente incorrecta. Y añade: "Además repudio políticamente la forma correcta lesbiana de hacer el amor, que para las no iniciadas consiste en lo siguiente: dos mujeres acostadas una al lado de la otra (estar encima o debajo está estrictamente prohibido, las lesbianas no deben ser jerárquicas); se acarician suave y dulcemente por todo el cuerpo durante varias horas (las lesbianas no deben centrarse en los genitales o en el orgasmo, un modo patriarcal) (...). No estoy bromeando en este tema del orgasmo: una crítica feminista a un trabajo que publiqué en el diario Women and Therapy decía que mis ideas eran masculinas porque hablaba del tratamiento a las lesbianas sin orgasmos. La crítica añadía que los orgasmos no deberían ser importantes para las lesbianas, sólo para los hombres. He renunciado a muchas cosas por el movimiento feminista-lesbiano, pero por aquí ya no paso".

Excesos aparte, la influencia liberadora del feminismo contribuyó a que las mujeres pudieran vivir sin traumas su sexualidad. Muchas lesbianas, por tanto, están en el campo feminista, y se sienten profundamente satisfechas de ser mujeres. Sin duda hay algunas  lesbianas que sienten envidia de los hombres y que hubieran deseado ser varones, pero se diría que son un porcentaje muy pequeño. En general se encuentran perfectamente bien dentro de su sexo, incluso aquellas que tienen un aspecto más masculino. "Cuando estaba en el pueblo y era tan desgraciada, vi por televisión que una mujer se había operado para convertirse en hombre, y yo tenía tal lío en la cabeza que pensé que eso era lo que tenía que hacer y abrí una cartilla en el banco para empezar a ahorrar para la operación", dice la entrañable Manuela: "Hubiera sido el error más grande de mi vida, me hubiera convertido en una desgraciada, porque yo siempre he estado contenta con mi sexo".

Simplemente son mujeres a las que les gustan las mujeres, y eso es todo. ¿Y qué sucede en el desarrollo de los sentimientos y de las relaciones, a dónde conduce, en la homosexualidad, esa navegación interior? "En la heterosexualidad, el hombre es lo otro, lo distinto", dice Cristina Garaizabal, "y eso es lo que te atrae y te desespera al mismo tiempo. En la relación lesbiana, tu pareja es lo mismo que tú, lo conocido: y eso también  te atrae y te desespera. Si el peligro de la relación heterosexual es la incomunicación, la incomprensión, la ajeneidad, el riesgo de la relación lesbiana es la fusión, la dependencia, la pérdida de identidad y la confusión de deseos". Son, en fin, las aguas profundas del amor y del deseo: un completo misterio.

Montero, Rosa (1993)
El misterio del deseo. Así son y así viven las lesbianas en España,  El País semanal, 141, 16-28.

Extraído de http://seneca.uab.es/jmunoz/PS2/Montero.htm