Ana y Alicia

Nota previa: Antes de éste hay varios relatos que, por razones de buen criterio de la editora, no publicaré aquí hasta que no corrija algunos de ellos por razón de la protagonista que soy yo misma. No obstante, si alguna lectora está interesada, puedo enviárselos de forma particular. Cuando escribo esto tengo 40 años.

Hace cosa de  tres años  tuve una de mis  grandes tentaciones. Y acabé cayendo en ella. Llevaba ya mucho tiempo de abstinencia y necesitaba  urgentemente algo de sexo. Y me surgió la oportunidad, mejor dicho, me la trajeron a la puerta de mi casa. Pero tenía un problema que era que caer en ella  suponía saltarme dos normas que he respetado  rigurosamente toda mi vida: no tener nada que ver con menores y no hacer daño jamás a una amiga.
Pues bien, una buena y antigua amiga vino a verme al despacho para pedirme un favor.
Su hija mayor, Alicia, estaba a punto de terminar sus estudios previos a ingresar en la Universidad, cosa que haría el curso siguiente. Tenía entonces 18 años. El favor era que una de las asignaturas que estaba estudiando  tenía temas jurídicos y había dos o tres que Alicia no comprendía bien y su madre  (también Alicia) quería  que yo la ayudase explicándoselos. No serían muchos días pero ni la madre sabía exactamente en que consistían. Yo lo pensé unos segundos y le dije la verdad: "Mira Alicia  realmente no sé como ni cuando voy a encontrar un rato para dedicarle a tu hija. Aquí no podría ser pues  me interrumpirían cada dos o tres minutos. Los fines de semana son sagrados para mí.
Algunos sábados tengo que venir para sacar adelante cosas urgentes o demasiado atrasadas y si no es así, los dedico a descansar porque lo necesito. Si puedo hasta me marcho  fuera de Madrid, como tú sabes. Además primero tengo que saber cuantos temas son y el tiempo que me va a llevar. Lo único que se me ocurre es buscar un día en que yo busque cómo marcharme relativamente pronto del despacho y que ella venga a casa. Después y cuando sepa el tiempo que me va a llevar, veré como puedo hacerlo y si veo que a mi me es imposible buscaré a alguien del propio despacho que pueda hacerlo. ¿Te parece bien?. Me dijo que por ella sí. Miré mi agenda y le dije: "El próximo martes puedo "fugarme" de aquí sobre las ocho. Dame tiempo para llegar a casa, ducharme y cambiarme de ropa. "¿Te parece bien que tu hija venga a casa sobre las 9 de la noche?"  Me dijo que perfecto porque, además, la niña ya conducía una pequeña moto. Y así quedamos.
Yo conocía a Alicia hija desde pequeña y la veía con frecuencia pues sus padres eran de mis pocos buenos amigos y solían invitarme muchas veces a comer o cenar en su casa.
Alicia hija se había convertido en una maravillosa mujer joven, de las nuevas generaciones que son más altas y desarrolladas que la mía a su edad. Era más alta que yo, con un tipo digno de una modelo, coronado por una cara oval, grandes ojos castaños y pelo del mismo color aunque claro. Tiene  una boca perfecta con unos labios carnosos y sensuales. Total, lo que aquí llamamos "un bombón".
Llegó el martes y yo cumplí con el programa que me había organizado. Llegué a casa, ordené lo poco que había que ordenar(como no suelo estar mucho en casa y tengo una persona que viene a diario a limpiar y dejar todo en orden) y me metí debajo de la ducha.
Cuando estaba secándome sonó el  timbre de la puerta. Me lancé a coger mi reloj. Eran poco más de las 8.30.Alicia se había adelantado media hora. Como volvió a sonar el timbre con más insistencia, decidí no vestirme y, tras ponerme una tanga  y un "bra"limpios, me enfundé en una bata espesa y larga hasta debajo de la rodilla. Até bien el cinturón de la misma no dejando nada al descubierto, me calcé las zapatillas y corrí a la puerta cuando el timbre sonaba ya por tercera vez. Casi me  enfadé por dentro por el adelanto y por la impaciencia de la niña. Le abrí la puerta y entró sonriente, lo que me desarmó pues iba a reprocharle su adelanto. Me saludo con dos besos el las mejillas y le contesté igual pues era la costumbre dada la amistad que tenía desde hacía años con sus padres y ella misma. De hecho ella y sus hermanos me trataban casi como si fuese la tía soltera.
Pasamos al salón y, como aún no sabía si tendríamos que escribir o no, opté sentarnos en un cómodo sofá. Brevemente me explicó cuáles eran los temas con los que tenía dificultad y la entendí perfectamente porque, sobre todo, uno de ellos la "letra de cambio" es arduo de comprender si no está explicado con mucho cuidado y hasta prácticamente haciendo que el alumno rellene diversas letras en sus muchas variantes. Los otras dos eran más fáciles. Le dije que empezaríamos por la letra y lo que íbamos a hacer. Primero se la explicaría en dos o tres días y luego ella rellenaría algunas. De hecho yo conozco muchos comerciantes y a algún empresario pequeño que, pese a que las utilizan a diario, desconocen su funcionamiento lo que supone problemas jurídicos cuando hay que cobrarlas por la vía judicial.
Le pedí el libro que traía y lo ojee para ver como estaba explicado el tema. Me llevó poco  y empecé con las explicaciones y aclaraciones suficientes   para que lo comprendiese  con claridad.
Yo hablaba lentamente pero sin parar, salvo que ella me preguntase algo. No me di cuenta de momento que, en uno de mis movimientos, mí bata se había abierto dejando al descubierto mis rodillas y parte de mis muslos. Solo noté que ella se acercaba más a mí quedando juntas y tocando nuestros muslos. Ella vestía una minifalda que sí dejaba ver con claridad gran parte de sus  hermosos muslos. Solo la tela de mi bata impedía el contacto de la piel. Yo, todavía absorta en mis  explicaciones, seguía sin darme cuenta de la situación. Miré el reloj porque no quería terminar más tarde de la diez de la noche, por mi misma y por ella porque no quería que regresase demasiado tarde.
De repente sufrí algo parecido a un "shock" y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. La "niña"(no sé por que la llamaba niña porque era una mujer) había puesto una de sus manos sobre mi muslo, separando más, al tiempo, mí bata y dejando prácticamente todos mis muslos. Corté de golpe mis  explicaciones y, medio sorprendida, media enfadada me volví hacia ella y con voz que denotaba enojo le dije ¿Pero qué demonios haces, Alicia?. Ella, con toda tranquilidad y descaro me contestó: "Mira Ana, es mi secreto que ni mis padres sospechan: me gustan mucho más las mujeres que los hombres y tú especialmente desde que  era adolescente. Cuantas veces, cuando venías a cenar a casa deseé que, tras despedirme de  los mayores para irme a la cama, fueses tú la que venía a ver si estaba bien arropada. Además sé que a ti también te gustan más las mujeres. Me gustaría que hiciésemos el amor. Yo creo que no doy asco, precisamente". Me quedé, lo prometo, boquiabierta y tardé varios segundos en responderle. Y, por fín, le dije: "Mira Alicia: te quiero mucho  porque quiero y y respeto mucho a tus padres que son de mis mejores amigos. Acepté a explicarte esto por amistad, robando tiempo a mi trabajo o a mi privacidad. Y aceptas esto sin nada más o te marchas ahora mismo. Yo no le diré nada a tu madre sobre lo sucedido y le explicaré que no tengo tiempo y que, como le dije, buscaré a un compañero que te pueda ayudar. Y, además, aunque eres tentadora, eres menor de edad y nunca en mi vida he tenido relación alguna con una menor."Ella,a regañadientes me contestó:"Bueno,pero quiero seguir viniendo porque ,te juro, que he entendido perfectamente lo que me has explicado y no creo que nadie pueda hacerlo mejor. Y una cosa: tengo 18 recién cumplidos. Si se descubriese que existe algo entre nosotras no creo que hubiese delito de ningún tipo, Y eso tu, que eres una excelente abogada, lo sabes mejor que yo. Sólo te pido que no descubras mi secreto a mis padres, te lo pido por favor". Le dije que bueno, pero que se olvidase de lo que había intentando  y que no volviese a hacerlo. Eran cerca de las diez y le dije que si le parecía bien volver  el viernes a la misma hora a mi me también me venía bien. Dijo que sí y nos despedimos con un casto beso en las mejillas. Antes de salir por la puerta me hizo prometer otra vez  que lo le diría nada a su madre. Le dije que yo, cuando prometía algo, lo cumplía.
Me quedé un rato oyendo música y leyendo pero, sobre todo, tratando de olvidar lo sucedido porque, a mi misma, admitía que me  había excitado y estuve a un paso de abrazarla y  besarla. Cuando por fin me acosté, ya a oscuras y mientras me llegaba el sueño, los recuerdos de  hacía un rato volvieron con más fuerza y mi excitación alcanzó tal grado que sólo pude remediarlo masturbándome como hacía tiempo que no lo hacía y alcanzando un orgasmo terrible.    
Llegó el viernes  y  me preocupé por estar perfectamente vestida antes de que llegase Alicia. Eso sí, con falda porque los pantalones no me gustan porque, si por cualquier cosa me excita, mi clítoris suele  salirse de los labios por su tamaño y con pantalones me hace hasta daño. Debo admitir que estaba preocupada y nerviosa y no me encontraba a gusto. Debería haberme negado a continuar con las explicaciones jurídicas. Por eso había decidido terminar cuanto antes. Dado lo que le había explicado el día anterior y  lo bien que ella lo había entendido, hoy podría terminar con la letra de cambio, que era el realmente complejo y difícil y en una o dos sesiones más terminar con el resto y quitarme de encima semejante tentación.
Llegó Alicia. Los besos de rutina al entrar. No hizo comentario alguno a lo sucedido. Yo, para evitar cualquier contacto, opté por sentarnos en la mesa de comedor.  Ella, con la disculpa de poder ver el libro  al tiempo  que yo, acercó su silla hasta pegarla a la mía. Esto me puso aún más nerviosa porque, al entrar, me había fijado en que ella vestía una minifalda aún más corta, más provocativa y más escandalosa. Y venía con una de esas camisetas muy ajustadas que usan las jóvenes y que dejaba traslucir sus desarrollados pechos y sus pezones pues no se había puesto sostén o"bra".Eso me hizo pensar si vendría también sin bragas, tanga o lo que fuese.
Empecé mis explicaciones sin volverme a mirarla ni una vez, mirando al libro o al frente. Pero me notaba cada vez más nerviosa ,incómoda e inquieta. Deseaba que terminase todo cuanto antes pero el reloj parecía no moverse y, además ella, al contrario del día anterior, interrumpía cada poco para pedir una explicación o aclaración ulterior. De verdad yo ya no sabía que hacer. Lo que sí empecé a notar es que mi entrepierna se había humedecido ligeramente y esto me hizo sentir pánico. En mi interior dije un "taco", una palabrota: "Esta...niña...". Yo no hacía más que mirar el reloj y calcular cuanto quedaba para terminar la explicación del aquel día. Y, de pronto, en una de mis abstracciones, noté que Alicia me estaba subiendo muy suavemente y con mucho cuidado la falda y, antes de que yo pudiera volver a bajarla, había pegado su muslo desnudo al mío que ella acababa de desnudar. Me quedé helada y sin saber que hacer, cómo reaccionar. Darle una bofetada como si fuera una niña no procedía ni me gusta la violencia. Levantarme bruscamente y despedirla de casa era una solución... a medias  pues, por una parte, empezaría a suplicarme que no dijese  nada a sus  padres, cosa que, por otra parte, yo no pensaba hacer por dos razones: una porque no quería darles un disgusto a sus padres y dos porque yo no iba a solucionar el problema dado que eso no cambiaria sus tendencias sexuales, precisamente dada su edad, que estaba en  mayoría legal, ella no iba a cambiar con riñas, castigos y disgustos. Si  cambiaba algún día sería porque descubriese que amaba a un hombre. Interrumpió mis reflexiones diciéndome: "Por favor Ana, Anita querida: no te enfades. Me conformo con esto, con sentirte así". Miré el reloj sin saber que hacer. La hora era lo de menos. Me quedaban poco de menos de cinco minutos para terminar las explicaciones del tema. Calculé que terminaríamos sobre las  diez menos cuarto, más o menos, cuando acabásemos. No dije nada y no me moví por miedo a empeorar la situación. Así que terminé. Y cuando cerré el libro y empecé a decir: "Se acabó", me cogió la mano que estaba a su lado y rápidamente me la metió debajo de su camiseta encima de uno de sus pechos  mientras que con la otra empezó rápidamente a acariciarme los muslos  subiendo y buscando mi vagina. Cerré  las piernas  todo lo que pude y le dije: "Por favor Alicia, déjame ya. Estás a punto de provocarme un orgasmo y no quiero en estas condiciones. Esto es casi una violación". Ella por respuesta apartó la silla de la mesa y me mostró su faldita subida hasta el nacimiento de sus muslos desnudos igual que su vagina. Mi ligera humedad  se estaba convirtiendo en una catarata. Ella completó su movimiento diciéndome:  "Pues, por favor, déjame que yo lo termine". Y, sin más, metió su mano debajo de mi tanga que empujó hacia abajo hasta dejármela a la altura de los tobillos y, con rapidez y habilidad que demostraba larga experiencia, buscó mi clítoris que empezó a acariciarlo al tiempo que abría sus piernas todo lo que podía pidiéndome con la mirada y palabras entrecortadas por la sensación que estaba sintiendo que yo le hiciese lo mismo. Yo, de verdad, ya no tenía voluntad y estaba entregada al placer estaba experimentando. Casi como una autómata la obedecí  y busqué su clítoris, lo que no fue difícil pues  ella estaba  completa mente empapada y con sus labios hinchados y abiertos. Nos seguimos acariciando ahí mutuamente hasta que ella soltó un grito, no de orgasmo sino de sorpresa: había conseguido con sus juegos de toda la noche que mi clítoris alcanzase su máximo tamaño de unos cuatro centímetros y había quedado sorprendida. Dijo: "Jamás había visto algo tan bonito. Sigue por favor. A la vista de esto vas a conseguir que tenga el mejor y mayor orgasmo de mi vida. Y no te preocupes, he tenido ya más de los que imaginas siempre con chicas". Continué y ella también pero ella cambió y en lugar de acariciármelo, lo cogió con  delicadeza con dos dedos y empezó a tratarlo como si fuese un diminuto pene, pasando de vez en cuando uno de los dedos por  la punta del mismo. No tardamos nada en estallar las dos en un  fuertísimo orgasmo. Cuando nos calmamos, me compuse y le dije:"Por favor, no vuelvas más". Ella, con toda confianza y seguridad me dijo: "Las dos sabemos que ninguna contará nada de esto a nadie. Por favor, déjame venir las dos o tres veces que me queden. Te lo ruego. Después te juro que no te volveré a molestar jamás, salvo que tu quieras". Yo lo pensé pero seguía sin voluntad propia y le dije: "Bueno, hasta el martes".  Cuando la acompañé a la puerta me dijo: "Creo que ya no procede un beso en la mejilla. Dame uno de verdad". Y nos despedimos con un beso que duró no sé cuanto. Ella no quería  despegar su boca de la mía ni desenredar su lengua de la mía. Casi la forcé para que se fuera, dejándome a solas y con mi cabeza llena de confusas ideas.    
En los días siguientes me dediqué a aclarar mis ideas. Desde luego había varios hechos y circunstancias fijos e inamovibles: uno que yo no iba a poder cambiar las tendencias sexuales de Alicia; dos que, como ella me había dicho con razón, era prácticamente mayor de edad; tres que no era virgen o inocente sino una lesbiana experimentada; cuatro que ni de su boca ni de la mía iba a salir nada que diese a nadie su (ya nuestro) secreto y cinco que yo estaba en uno de esos periodos de larguísima abstinencia y necesitaba y deseaba sexo como medicina o droga o como el comer. Y esta jovencita había acabado por despertar del todo esa necesidad mía. Esto hizo caer mis últimas barreras defensivas y estaba dispuesta a aceptar aquellos dos días con lo que trajesen, aunque dentro de unos límites.
Así que esperé tranquila y ansiosa la noche del martes. Como había comprobado que el vestirme formalmente no me había servido de protección alguna, volví a hacerlo como el primer día, si bien me puse una bata más tenue sin llegar a ser transparente.
Cuando ella llegó, nada más franquear la entrada, se amarro a mí en un beso realmente pasional. Tuve que cortarla y decirle : "primero lo primero". No dijo nada y se dirigió a sentarse en el sofá. Yo me senté a su lado y ella se apretó más contra mí. Aquel día tenía prisa por acabar pronto y entendió todo a la primera sin pedir más que una aclaración sobre un punto concreto. Como el tema no era tan arduo como el primero en menos de media hora terminamos. Le pregunté si quería que le explicase el tema que quedaba  y rotundamente me dijo que no. Que para el siguiente día. Y que el tiempo que quedaba sería para nosotras.
Las dos habíamos superado ya las barreras y temores que se interponían para tener una relación sexual abierta, aunque mi idea seguía siendo que  aquello no se prolongase más  allá de aquél día y el que quedaba. Sentadas en el sofá nos giramos para quedar una frente a otra. Ella en tres segundos quedó completamente desnuda pues no traía nada debajo, ni arriba ni abajo, por lo que en un abrir y cerrar de ojos se sacó la camiseta y se quitó la minifalda. Y acto seguido fue ella la que me abrió la bata y me despojo del bra, ayudándome a quitarme ni pequeña tanga. Nos quedamos mirando nuestros respectivos cuerpos antes de hacer nada. Yo me quedé extasiada con la contemplación del de ella. Parecía una escultura griega por  su perfección. Ella fue la primera en  hablar para hacer una alabanza de mi cuerpo de treinta y muchos años por entonces. Me dijo:"Ya quisieran muchas jóvenes que yo conozco tener un cuerpo como el tuyo".Y sin más preludios se lanzó a por mi boca  que yo abrí para recibirla con gusto en  enredarnos en un prolongado beso  mientras al mismo tiempo nos acariciábamos mutuamente los pechos. Los pezones de ambas no tardaron en erguirse como dos lanzas. Yo estaba decidida a que lo que hiciéramos fuese allí y que no acabásemos en mi cama. Para ello traté de buscar su orgasmo rápidamente, así que cuando la noté suficientemente excitada, busqué su vagina y su clítoris introduciendo  uno de mis dedos primero y dos y tres después alternando las caricias en el clítoris con la introducción hasta lo más profundo de su vagina pues, desde luego, de virgen no tenía nada. Ella me respondió de la misma manera y  en pocos minutos las dos alcanzamos dos o tres satisfactorios orgasmos. Al terminar el último yo me paré y le dije: "Alicia, querida, de verdad, estoy muy cansada de todo el día y quiero irme a descansar pronto." No protestó pero, mientras se vestía, me dijo "Nos queda un día y luego cumpliré mi promesa. Pero tengo una duda y una pregunta que quiero hacerte. Cuanto esa joya que tienes entre tus piernas alcanza su máximo tamaño ¿es posible que me lo metas en mi vagina?. Yo, sonrojándome le dije que si lo hacíamos bien, sí era posible. Se conformó con esto y nos despedimos hasta el siguiente y último día.
Lo esperé con ansiedad y cierto temor porque me imaginaba lo que me iba a pedir. Yo ya me vestía igual porque sabía y deseaba-como iba a terminar la clase o explicación. Vino muy puntual. Me dio un rápido beso en la boca y quiso empezar inmediatamente. Así lo hicimos. Ella estaba prestando toda la atención posible y en veinte o veinticinco minutos habíamos terminado. Entonces Alicia me dijo, me pidió y me rogó que, por ser el último día, quería que nos fuésemos a la cama. Yo, que ya era incapaz de negarle nada, acepté pero recordándole su promesa de que sería la última vez. Ella me dijo que sí, que así sería salvo que yo le pidiese volver. Y nos fuimos a mi dormitorio. Como ambas íbamos vestidas igual que la última vez, tardamos segundos en quedarnos desnudas y en tumbarnos en la cama. Ella me pidió que nos metiésemos debajo de la sábana y la manta al menos al principio y que apagase la luz o la bajase hasta quedar en penumbra porque eso la desinhibía más. Acepté. Me levanté y abrí la cama. Luego, ya las dos dentro de la cama, bajé la luz de la lámpara hasta dejarla a su gusto. Entonces se volvió a mi y me abrazó con todas sus fuerzas de forma que nuestros pechos quedaron hundidos los unos contra los otros y todos nuestros cuerpos tan unidos que entre ellos no cabía ni una hoja de papel. Y  estuvo varios minutos sin hacer nada ni decir una palabra. Tan solo sintiendo ambas el calor que desprendían nuestros cuerpos y el aliento, cada vez más agitado, de la otra. Después de  un tiempo que no  calculé porque me  encontraba muy a gusto en aquella posición, ella empezó a acariciar mi cuello y mi espalda al tiempo que me besaba, besos a los que yo respondí con  placer y verdadera pasión. Yo también me había desinhibido completamente y no me importaba nada :sólo pensaba en el placer que aquella jovencita me estaba proporcionando. Estuvimos un buen rato con estos juegos amorosos, acariciándonos y besándonos por todo el cuerpo. Cuando las dos estuvimos ya muy excitadas, ella, aún bajo las sábanas, bajó para besar y lamer mis muslos y también se atrevió a entrar en mi  vagina con su lengua, pero sólo hasta que notó que había conseguido excitar mi clítoris al máximo, dejándome al borde del orgasmo. Entonces me dijo:"Ahora quiero verte, por favor. Encima de la cama y sube la luz". Yo, dominada y obediente, hice ambas cosas. Entonces me dijo:"Quiero probar lo que me dijiste el otro día que era posible: sentir esa maravilla dentro de mí.¿Como podemos hacerlo". Le dije:    "Abre tus labios con las manos y  yo  haré lo mismo con los míos, pero primero ponte encima o debajo de mí, como prefieras".Como yo estaba boca arriba y ella de perfil mientras me hablaba, optó por ponerse encima de mí. Hizo lo que le dije y no tardamos mucho en tener las vaginas abiertas, juntas y mi clítoris rozando el suyo. En cuanto lo sintió empezó a convulsionarse como no recuerdo a nadie y en pocos segundos alcanzó un orgasmo que, por sus gritos, llegó a preocuparme porque creí le sucedía algo. Al mismo tiempo me provoco uno a mi que no sé que grado alcanzó en la escala que mide los terremotos. Dada mi larga abstinencia  consideré que era normal y lógico que así fuese.
Poco después yacíamos las dos bocas arriba tratando de calmarnos y recobrar el movimiento normal del corazón. Ella no quería más, afortunadamente. Me dijo:"Gracias Ana, Anita de mi corazón. Me has hecho pasar el mejor momento de mi vida y, haga lo que haga en el futuro, jamás olvidaré éste momento divino.¿Puedo besarte como despedida porque pienso cumplir mi promesa?" Le dije que claro que sí. Se vistió sin más para marcharse. La acompañé a la puerta donde nos dimos el último beso de despedida y se fue.
Después de eso la he visto muchas veces en casa de sus padres cuando estos me invitaban y jamás me dijo o pidió nada. Cumplía su promesa. Nos saludábamos y despedíamos con los protocolarios besos en las mejillas. Y así hasta las Navidades del  año 2003-2004.
Entre fiestas de Navidades sus padres me invitaron a cenar, cosa nada rara porque sus invitaciones eran frecuentes y más en esas fechas. Me dijeron que fuese pronto pues había invitado a otro matrimonio, que era amigo común de ellos y mío, y así podríamos charlar con unas copas antes de la cena. Llegué a la hora que me dijeron y nos reunimos todos en el salón y, tras los saludos rituales, nos sentamos tomando una copa y charlando de diversos temas, aunque yo sabía que terminaríamos con la política porque en una época, yo estuve activamente metida en ella y todavía hoy colaboro y estoy bien informada. En eso entró en el salón Alicia hija. Nos saludo a todos. Su madre le preguntó si iba a salir con sus amigos y ella le contestó:"No tenía ningún plan en especial. Si puedo cenar con vosotros puedo acompañar a Ana, ya que sois impares". Su madre le dijo que no había problema. Cuando nos sentamos a la mesa para cenar, ella lo hizo a mi lado, juntando mucho la silla a la mía.
En un aparte me dijo:"Como verás he cumplido mi promesa durante casi tres años. Ahora soy mayor de edad y sigo sintiendo lo mismo y más por ti. Además quiero hablar en serio contigo para que me aconsejes en algo que no puedo preguntar en casa. ¿Por qué no me invitas a ir un día a tu casa?. No le contesté de momento para volver a la conversación general y que nadie imaginase nada. En otro aparte aproveché para decirle que después de las fiestas, cuando quisiera y le pregunté que mejor un sábado o domingo si tenía excusa para ausentarse de su casa. Me dijo que no había problema pues casi todos los fines de semana solía ir a la sierra a esquiar o, sino, a pasarlo con sus amigos. Le dije que eligiese ella el día pero que me avisase con tiempo para no tener yo compromiso y poder preparar la comida porque quería invitarla a comer. Así quedamos. Ella no desaprovechaba ninguna ocasión para, por debajo del mantel, que colgaba, acariciar mis muslos por encima de la falda e, incluso, levantármela ligeramente para acariciar mis rodillas. En un momento de la conversación el padre se dirigió a mi y me dijo en tono de broma: "Por cierto Anita, aunque hace ya casi tres años nunca nos has comentado como es Alicia como alumna". Yo decidí hablar con doble sentido que sólo la hija captaría. Y le contesté: "Pues resultó ser una excelente alumna, siempre deseosa de saber más, conocer nuevos campos, avanzar quizás demasiado rápidamente y apasionarse con facilidad con las nuevas cosas. Quizás demasiado. Pero su interés, su tenacidad y su apasionamiento hace que una le acabe tomando cariño y dándole todo lo que sabía y pude". Alicia lo entendió  rápidamente y me dio un rodillazo cariñoso mientras se sonreía maliciosamente y satisfecha de lo que yo había dicho. Luego su padre se dirigió a ella para preguntarle: "Y tú, Alicia, ¿es Ana tan buena profesora como abogada?".Ella decidió utilizar mi tono de doble sentido y dijo: "No la conozco como abogaba, sólo como mujer por los años que hace que es amiga vuestra y viene por casa y como profesora por las clases que me dio. Y en ambos sentidos la considero excepcional. En los cuatro días de clase la llegué a conocer más que en los años de venir aquí. Como profesora entendí en seguida sus explicaciones. Algunas cosas que descubrí al final tienen un alcance que jamás me hubiera imaginado y quedé encantada con ellas. Me gustaría que fuese mi profesora los años que me quedan de Universidad. Además todo ello lo acompaña con una extraordinaria sensibilidad como mujer".Ahora fui yo la que le di con la rodilla.
Terminamos sin más la cena y en la sobremesa, después de hablar de algunas cosas generales, empezaron ¡cómo no! con el tema político. Hablamos un buen rato del tema, les conté lo que sabía y podía contar y me despedí relativamente pronto.
A los pocos días me llamó Alicia hija para preguntarme si me venía bien el siguiente sábado.
Le dije que sí. Que viniese sobre la 1.30 porque la comida estaría entre las dos y dos y media.
El sábado llegó puntual. Le abrí la puerta y sólo nos besamos en las mejillas. Pasamos al salón y nos sentamos en el sofá. Le pregunté si  quería beber algo mientras  estaba a punto el asado que estaba preparando como segundo plato y me dijo que si tenía whisky le gustaría uno. Fui a la cocina por hielo para ella y una cerveza para mí con jarra sacada del congelador  para mi. En el salón saqué del mueble donde los guardo un vaso de whisky para ella  y la botella. Los puse encima de la mesita que tengo delante del sofá y le dije que se sirviese a su gusto. No quería agua ni soda. Le gustaba solo con hielo. Yo me serví mi cerveza. Me pidió permiso para fumar y le dije que yo también fumaría. Encendimos nuestros pitillos, bebimos el primer sorbo y le pregunté: "¿Qué es eso tan serio que querías  consultarme?. Me dijo: "la verdad es que preferiría hablar de ello después de comer tranquilamente. Pero como falta un poco te lo expongo ahora para que lo pienses y me digas que debo hacer y cómo". Y me contó que no había salido todavía  "del armario".Que, a pesar de los tres años transcurridos y de que en la Universidad había salido con diversos chicos que andaban pretendiéndola, cada vez más sentía que lo único que le gustaba eran las mujeres. Que había tenido algunas relaciones con compañeras que era lo único que la llenaba aunque, añadió, "ninguna como tú". Que en su casa ni sabían ni sospechaban nada porque, además de su feminidad,  con frecuencia la llamaban chicos  diversos. En fin, que no sabía que hacer ni cómo. Yo le dije que ya podía responderle pero insistió que prefería que lo hiciese después de comer.
Hablamos antes y durante la comida de cincuenta cosas distintas y hasta conseguí que se riese porque estaba francamente seria y preocupada. Después de comer nos sentamos relajadamente en el sofá y le ofrecí un licor, que aceptó y puse otro para mi. Antes de que yo empezase a hablar me dijo: "Entenderás porque esto no podía consultarlo en casa. Y confió en ti tanto como en mis padres porque sé que tienes buen criterio". Le dije que mi consejo se podía resumir en poco tiempo. Y le dije: "Mira Alicia, sabes que entiendo perfectamente tu problema porque yo tuve uno muy parecido. Además te he cogido un cariño muy  especial. Mi consejo es el siguiente: termina tu carrera tranquilamente. Solo te queda la mitad.  No es tanto tiempo. Si no puedes aguantarte, ten relaciones con alguna compañera que te guste pero asegurándote de que es tan discreta como tú. Lo mejor es si sabes que a ella tampoco le interesa se conozcan sus tendencias. Cuando acabes tu carrera, que está de moda, no te será difícil independizarte. Incluso en alguna empresa fuera de Madrid. Y cuando vivas independiente y en tu propia casa, podrás hacer lo que más te guste. Hasta convivir con la mujer que te guste, pero siempre con discreción porque puede afectar a tu trabajo según la empresa que sea. Y procura que tus padres no se enteren hasta que estés segura de que lo aceptarán aunque no les agrade. Serán ellos, cuando pase el tiempo, los primeros que empiecen a preguntarte cómo es que no te casas con lo guapa y atractiva que eres y, por ahí, puedes empezar a prepararlos diciendo, por ejemplo, que no encuentras el chicos adecuado, etc.". Ella me había escuchado atentamente y me dijo que le parecía perfecto. Que, efectivamente, el tiempo que le quedaba para terminar pasaría volando. Se dio media vuelta para mirarme y me dijo:"Gracias de corazón Ana, Anita querida. Me gusta llamarte  Anita si no te molesta". Le dije que no. Fumamos un segundo pitillo mientras bebíamos la segunda copita que me pidió. Era un licor bastante suave y de no muy alta graduación.
Volvimos a hablar de cincuenta temas diferentes y la noté ya relajada por completo y de excelente humor. Cuando terminamos la copita empezaba a atardecer. Insinué que era hora de ir empezando a terminar. Entonces ella, con toda desenvoltura me preguntó:"Por favor, Anita querida, ¿podemos hacer el amor por última vez?. Yo que hacía tiempo que había salvado mis reparos hacia ella, le cogí la cabeza y le di un beso en la boca que ella aceptó como una posesa. Cuando logré que nos separásemos le dije:  "¿Tu que crees? Claro que sí, cariño".
Fuimos al dormitorio, nos desnudamos tranquilamente y nos hicimos el amor como dos mujeres adultas durante bastante tiempo. Cuando decidimos terminar me hizo una última pregunta: Ana, Anita mía, cuando acabe la carrera y me establezca ¿podríamos tener una relación duradera?".  Me reí sin malicia y le dije: "Querida, en otras circunstancias te diría que sí encantada. Pero es imposible. Tú date cuenta que te doblo la edad. Dentro de no muchos años serías tú la que desearía marcharse porque notarías que estabas conviviendo con una mujer que empezaba a envejecer y perder sus encantos. Además, tarde o temprano, tus padres se enterarían y no quiero perder una amistad de muchos años y sincera por ambas partes. ¿Lo entiendes, cariño?. Ella reflexiono unos segundos y un tanto triste me dijo: "Como siempre tienes razón. Y me dio un último beso. Después nos despedimos creo que para siempre en el aspecto sexual.


Ana
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